grullas¿O eran avestruces? |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2005. 02/01/2005AllumeuseFue en una fiesta, hace ya algún tiempo, cuando la ví. Se presentó sonriendo, aunque con cierto nerviosismo que delataba una inseguridad que no le era posible disimular. Rostro bonito, agradable, muy maquillado. Iba vestida con un pantalón pirata y una camisa abierta que dejaba ver una especie de minisujetador que sujetaba, a duras penas, unos senos orondos (como balones de rugby" (esa era la metáfora preferida de un escritor de ciencia ficción del que leí una novela hace años, todos los senos eran "balones de rugby", muy americano y tal). Y siguió la fiesta con el transcurso habitual de las fiestas que se dan en ninguna parte para que se diviertan o, al menos lo finjan, aquellos que están en ninguna parte. Unos, callados, con el vaso de licor en la mano, otros hablando de banalidades, otros contando el último chiste idiota sin gracia mientras los demás ríen a coro sin gracia, otros bailando por hacer algo. Y la mayoría, criticando a los demás, ya sea de forma explícita y en directo, es decir, en voz alta y en el momento, o de forma implícita y en diferido: guardándoselo para después. Ella bailaba de forma extravagante y excesiva, como si fuera su última fiesta, como si le fuera la vida en ello. "Allumeuse" dijo Valéry. "Es la típica allumeuse; en todas las fiestas hay una". Y sorbió el vaso de licor, que sabía no debía tomar porque al día siguiente tenía una carrera, y como deportista pagado por el Estado de un país centroeuropeo, se supone (es un decir) que debía ser más responsable para defender como fondista sobrio los colores de su bandera (aprovecho ahora que no me oyes ni me entiendes para criticarte, Valéry, querido, pero es sin acritud, tan sólo por criticar y eso). La miraba como si quisiera ser "allumado" allí mismo pero no se atreviera: Ella había llegado con un viejo rico, rentista, que lucía una panza proporcional a los millones que debía tener guardados en el banco. Y seguimos hablando de cosas banales. Valéry jugaba a sacarnos fotos con su recién estrenada cámara digital. Philippe, el mariquita francés (también figura indispensable en toda fiesta que se precie) dueño de la preciosísima Maison de Maître Art-Déco donde se daba la fiesta subía, bajaba, venía, se iba, sonreía, saludaba, se presentaba, nos preguntaba y todo ello en un fantástico despliegue de sí mismo dedicado a demostrarnos lo fabuloso que era. Y seguro que sigue siendo fabuloso, no lo dudo: todos los mariquitas franceses que conozco son fabulosos a la par que tienen un acento encantadoramente burgués. Y la allumeuse, en la zona reservada para el baile, ya en sujetador, gritaba "Joyeux anniversaire" de una forma tan desangelada e histérica, que nos dibujaba una tímida sonrisa, entre conmiseración, ironía y sorpresa. Allumeuse parecía empeñada en sacarme para que yo bailara. Quizás porque yo le sonreía. Nunca he mirado con recelo a las allumeuses. Posiblemente sea porque no compartimos territorio de caza; no somos competencia. Entiendo que necesitan seducir, como todos, porque sé que la sensualidad y la seducción son dos pilares fundamentales en mi vida, y lo intentan con las armas a su alcance: ellas tienen balones de rugby, yo tengo mi granja de avestruces. Balones de rugby y granjas de avestruces no compiten en el mismo mercado, es evidente. Le dije que no. Insistía. Al final, salí de mala gana. Ella gritaba, yo saqué mi sonrisa fría de circunstancias y fingí como que le hacía caso y bailaba un poco. Pronto me escurrí entre un grupo de musculados ruandeses, go-gos y modelos o algo así. Una ruandesa espectacular bailaba como una anguila ritmos que son imposibles de seguir para el oído melódico europeo. Me enteré de que la ruandesa estaba casada con un belga, que la observaba mientras ella devoraba sensualmente a otro hermosísismo ruandés lánguido, de grandes ojos y largos brazos, que en teoría, según ella decía era su hermano. Después de contemplar el amago de incesto bajé al comedor para llegar a tiempo de escuchar cómo el viejo rico le aconsejaba a otro sobre inversiones inmobiliarias. Cuando subí, Allumeuse estaba en brazos de un joven albanés, conocido mío, chico amable y tímido. Habían tomado al asalto un sofá (antigüedad art-déco, menos mal que Philippe no los vió) y se besaban. Al albanés le hacía mucha falta porque llevaba mucho tiempo de sequía (nos miraba en el gimnasio a las que hacíamos aerobic con los ojos desencajados, el pobre). Me alegré por él. Y a ella le hacía una falta desesperada, pero otro tipo de falta. Buscaba algo, perdida entre los brazos flacos y huesudos de aquel albanés amable, algo que quizás no encontrara nunca. La observé disimuladamente: esa mirada, esa mirada ahogada, vacua, ese dolor del vacío, ese vértigo de la nada. Hace unos días, en una cena, pasaron las fotos de la fiesta. Oh, Philippe, qué maravillosa casa, qué decoración, qué fiesta, qué fantásticos todos. Y en una de ellas me tropecé con el minisujetador y la mirada de la Allumeuse. Me quedé observándola y pensé en ella: me dió vértigo pensar qué podía haber sido de ella, si aún estaría viva y, en ese caso, en qué condiciones. Sus ojos, que miraban de frente a la cámara digital de Valéry, decían entre humos y vapores alcohólicos: "Ah, pero ¿la Vida era esto?"." 03/01/2005PresentaciónHola, me llamo Shannon y soy blogger. Estoy muy orgullosa de ser blogger porque, desde que descubrí la sensación de ser blogger, me ha cambiado la vida. Tan sólo descubrí una sensación parecida el día que comencé a usar compresas aladas, día que marqué en mi calendario como el comienzo de una nueva era. Os cuento mi vida, mis gustos y mis aficciones: Soy una chica normal, muy normal, y de las normales, de gustos normales y aficciones normales. Y entonces, los 2.534 bloggers que leéis esta página (os vigilo por las estadísticas) me preguntaréis al unísono ¿y entonces, si eres tan normal, qué tienes que contar? Y yo os contestaré: pues una vida normal, vamos. Porque si soy normal soy normal. Mi vida siempre ha sido muy normal. Me gustan las cosas normales y mis aficciones son muy normales: "Ver el cine comiendo palomitas, cortarme las uñas de los pies, leer a Arcadi Espada, reciclar el filtro de la campana de la cocina, montar en bici, echarle ácido sulfúrico a la ropa tendida de las vecinas para que tenga agujeros y puedan transpirar bien, ver "Ana y los siete", denunciar a los mendigos públicamente por no haber decorado su casa por Navidad. Lo normal, vamos. Tengo una mascota: Y os preguntaréis, ¿será un perro, un loro un periquito o un gato? Pues no, nada exótico ni fuera de lo común. Mi mascota es muy normal. Se llama Bernardette y es un avestruz: un avestruz con gustos y preferencias normales. Toma mucho café y se dedica a espiar las bragas de las vecinas (después se lo suele contar por carta). Es un avestruz lesbiana. Lo normal, vamos. Y ahora, en estos precisos momentos, estoy dedicándome a montar mi granja de avestruces solidarias. Ya os hablaré de este proyecto que es muy normal. (Bernardette, preséntate ante estos amables señores, anda) Habla mi mascota: Cuchi-cuchi, de empiringotados cabestros se teñía la brisa fémina de la tarde, juas. Ha querido decir: "Hola, ¿qué tal? me llamo Bernardette. Encantada de saludarlos" Gracias, Bernardette, tú siempre tan atenta. Bueno, pues ya conocen a mi mascota. Ahora me voy que tengo que echarle spray en las plumas para darles brillo, Chanel por supuesto, que es muy exigente.* *Dedicado, con cariño irónico, a Alsen-Bert, por casi tres años de desconocimiento virtual." 06/01/2005Apadrine un avestruz Hace unos días (y hoy, otra vez), en la caja del supermercado, mientras me disponía a pagar, leí en anuncio que la cadena de supermercados se ofrecía a servir de intermediario en las donaciones que los clientes quisieran hacer a los damnificados por el maremoto del Oceano Índico. Es decir, en un gesto de generosidad sin precedentes, la cadena de supermercados proponía a los clientes que dijeran a la cajera el importe que deseaban donar y lo entregasen allí mismo, ya que el supermercado se encargaría de hacerlo llegar a una sociedad que iba a encargarse de convertirlo en ayuda humanitaria. Me encantó la solidaria idea, por supuesto porque ¿para qué va a donar un importe de sus beneficios el supermercado si ya están ahí los clientes, que comprando los manjares de la cena de Nochevieja se iban a sentir culpables de la miseria y el horror en que que han caído millones de personas? Porque, efectivamente, los clientes occidentales, esos seres insolidarios que sólo piensan en consumir y consumir, están ahí para que contínuamente se les recuerde lo culpables y responsables que son de lo que ocurre en el mundo. Sin embargo, las empresas, las grandes multinacionales que subemplean y esclavizan finamente a millones de personas en los países más pobres, esas empresas que compran lo más barato para sacar el máximo beneficio no tienen ninguna responsabilidad en nada, porque tan sólo responden a la demanda del cliente perverso, que quiere obtener los productos a bajo precio y para eso les piden que esclavicen a cuantas más personas del tercer mundo posibles.Son los clientes de los supermercados, sin duda alguna, los que deben hacer frente a una situación de emergencia como esta. Ni los Estados,ni las grandes multinacionales, ni las grandes organizaciones, tienen realmente una responsabilidad, aunque sean ellos los que realmente disponen de los medios para ayudar. Porque tan sólo los grandes ejércitos poseen los helicópteros y la infraestructura necesaria como para ocuparse de esa enorme población, y las grandes multinacionales podrían tener la deferencia de donar parte de sus productos, algo que no les resulte pernicioso en el balance de resultados, pero "algo", para socorrer a esa gente. Sin embargo, realmente es la gente de a pie la que debe donar a ONG privadas cada vez que ocurre una catástrofe o hay algún problema, o sea, cada dos por tres. Es que somos consumistas, y claro, hay que pagar por ello. Ser consumista es algo terrible, aunque sea simplemente una manipulación de los instintos que tenemos por parte de la publicidad para conseguir que compremos todo aquello que no necesitamos. Manipulados, sí, y responsables. Los accionistas, sin embargo, no son responsables: responden a la demanda del cliente. Tal y como está la cosa, siendo bombardeada por ONGs diversas todo el día, para que dé mi dinero por tal u otra causa, que contribuya y calme mi conciencia de consumista malvada, lacra social, yo me manifiesto partidaria de que se aumenten los impuestos y que ese aumento vaya destinado a ayuda al tercer mundo en emergencias y desarrollo. 0,7%, sí, el famoso 0,7% que nunca se dona y del que tanto se habla. Pero que sea el Estado (o una organización estilo Cruz Roja), con sus medios, el que se ocupe, y no esas ONG calmaconciencias de oscura contabilidad, en muchos casos (aunque hay otras de intachable proceder), y en las que se pierde cantidad de ayuda a través de los intermediarios, tan altruistas ellos *. Porque me cansa tanta ONG pidiendo dinero para todo, bombardeando contínuamente en las conciencias, ya bombardeadas, como si los occidentales con cierto nivel adquisitivo no sintiésemos ningún tipo de empatía con los que sufren la miseria y ellos nos lo tuviesen que recordar. Primero te intentan vender todo lo posible y luego te recuerdan que eres un desgraciado y malvado consumista por haber comprado. La conciencia de occidente. Qué círculo vicioso. Mientras tanto, he decidido montar una ONG de oscura contabilidad por eso de tener una ONG propia con la que recordaros a vosotros, oh, consumistas de occidente, nietos y bisnietos de colonizadores, la conciencia. Lo importante es que vaciéis vuestras tarjetas de crédito y así os calméis, porque ese dinero no os sirve para nada más que para daros disgustos y sin él vais a estar mucho mejor, os lo garantizo. Podéis así, además, tener el orgullo de apadrinar a una hermosa avestruz huérfana, de mirada triste, para que pueda tener su arnés y silla de montar y ser una avestruz de carreras. Una vez al año, la avestruz os enviará un huevo autografiado con la huella de su pezuña en señal de agradecimiento eterno y vuestros corazones se verán colmados porque con tan pequeña cantidad de dinero (que al fin y al cabo son un par de cañas)estáis haciendo a un avestruz feliz. Apadrine un avestruz. *Con esto, quiero dejar claro que creo que muchos de los voluntarios de ONGs hacen un trabajo necesario y excelente, y que no los critico precisamente a ellos. Sin embargo, creo que son los Estados quienes deben ocuparse y quienes deben exigir que se cumplan los derechos humanos. 12/01/2005Nueva definición Y de repente una se sorprende siendo lo que no se creía que se era. Flemática, sí, eso creía. Hasta que algo hace saltar por los aires esa flema en un instante y una se queda atontada, contando estrellitas como en los cómics, y se dice con vocecilla intranquila "pero yo no era esto..."Subida en las plataformas de la flema, parece que el río de lava no la afecta a una hasta que llega a los talones. El problema es que las plataformas se derriten con el calor. ¿De qué hacen las plataformas hoy en día, que no aguantan nada? Una ya no puede ser ni Drag-Queen en condiciones. Creemos que somos una cosa y nos sorprendemos haciendo lo contrario de lo que se supone deberíamos hacer. Eso nos pasa por creer. Me pasa por creer. Hubiera sido más sencillo no ponerme a creer ni a teorizar sobre ello, ya que ahora me tengo que inventar unas teorías nuevas, con lo cansado que es eso y el poco tiempo que tengo. Y el problema es qué me invento ahora. La falta de sueño me ha afectado la imaginación seriamente. Me puedo inventar que soy un escifozoario y a partir de ahí sacar una serie de características que correspondan al carácter de los escifozoarios y redefinirme con ellas. Todo sea por definirme. Al fin y al cabo, toda autodefinición es tramposa por subjetiva e incompleta. ¿Cuántas cosas nos ocultamos cuando nos autodefinimos? ¿En cuántas cosas mentimos, ya sea de una forma inconsciente o semiconsciente? Si no nos mintiéramos probablemente (como dijo alguien que ahora no recuerdo) dejaríamos de saludarnos. Ahora que he decidido ser un escifozoario voy a inventarme una serie de características que me molen para autodefirme y me las voy a creer a pies juntillas. ¿Mentirijillas? Por favor, ¿cómo osáis pensar eso? Los escifozoarios son los seres más sinceros que existen. Lo digo yo, que soy uno de ellos. A ver, características: Dentro de los escifozoarios me pido ser un alcálefo, y dentro de los alcálefos decido ser una Pelagia Noctiluca, o sea, una cubomedusa que vive a profundidades variables. Tiene coloración rosaceomorada y la umbrela salpicada de puntos negros. El manubrio (¡Por Dios! ¿Tengo yo de eso?) está formado por cuatro largos y robustos brazos bucales. Mola lo de la coloración rosáceo morada. Se lleva mucho esta temporada. Y bueno, lo de las características psicológicas lo pongo ya mismo, por supuesto: Abracadabrante, polimórfica, invariable, urticante y vibrátil. Y además, encima tengo ocho tentáculos. 16/01/2005SapoguiHablando y hablando de otros temas. Llevábamos media hora de risas y conversación rápida, cómplice, cuando mi hermana ha pronunciado la palabra "botas". Pero no ha sido sólo esa palabra, sino la compañía: Las botas que le hacían a Gorki en Italia, no, no estas botas. Las botas de Z., pronunciadas después. Z., personaje basado en alguien real, muy real que vivió allá por los años de la Revolución Rusa, y que era un burgués encantador, guapo y listo, que por causas del caos de la guerra civil entre el Ejército Blanco y el Rojo, se metió a bandido, delincuente juvenil, y fue reeducado en una colonia comunista en Ucrania. Ah, Z., sus botas. Erotismo sutil. Sin una sóla palabra erótica ni tan siquiera la intención, M., el reeducador que luego escribió un libro sobre la hazaña de reeducar delincuentes en colonias comunistas, no tenía más que escribir Z. para que las pupilas se nos dilatasen y deseásemos fehacientemente que el tiempo nos transportara a aquellos años, a Jarkov, con Z., su forma de entornar los ojos y sus botas, su forma de ponerse aquellas magníficas botas de caña alta. No me hubiera importado ser delincuente juvenil y tragarme las purgas de Stalin con tal de ver a Z., el cual, si mal no recuerdo, en la época en la que yo leía el libro debía de andar ya por los ochenta años. Sapogui, me vino a la cabeza. Así las hubiera llamado él a sus botas. Sapogui, y recordé otras botas, tantas botas masculinas míticas en la literatura. Y agradecí el haber tenido la oportunidad de aprender a sentir ese erotismo sutil, de lo no dicho, a través de la pluma de los clásicos. ¿Cuántas miradas, cuántas botas descalzadas tenían más valor erótico que todo eso tan explícito y soez que leemos, acostumbrados ya, y nos resbala como una fast-food de consumo rápido y olvido? Una mirada del Werther (lloré un montón, menudo trauma ¿lloraría también hoy), el nerviosismo de Emma Bovary, el crack final de Onieguin, el acercamiento de Raskolnikov a Sonia, un roce en la mano, la visión de un pie y sus medias o el sonido del frú-frú de un vestido de encajes. Gilberte. Y botas de húsares. Cuánto erotismo sutil e inmenso, eterno, eterno. Cuando volvía hoy de la calle me senté en el sofá, aún con las botas puestas, y mientras bajaba la cremallera que rozaba suavemente las medias y acariciaba la piel con un leve cosquilleo cálido, sentía en el hecho, aparentemente banal, de despojarme de mis botas negras de caña alta toda la fuerza de las viriles y elegantes botas de Z. 19/01/2005Agradecimiento¿Cómo lo han sabido? Gracias, gracias... Mil gracias por lanzar al mercado las compresas con sabor a plátano y radio incorporada. Era uno de mis mayores deseos desde mi más tierna infancia. Siempre lo esperé y por fin hoy -día que marcaré en el calendario como mi segundo nacimiento- la Gran Multinacional ha atendido a mis ruegos. Todavía me quedan otros deseos por cumplir no menos importantes para mi desarrollo personal: biberones que se comuniquen vía satélite con civilizaciones extraterrestes, pañales reversibles con conexión a internet, yogures con afeitadora eléctrica incluída, calcetines comestibles con efecto laxante, bolígrafos sopinstant con sabor a brócoli, sillas biodegradables con microondas... Tantos, tantos deseos. Y sobre todo, lo que me gusta lo más de lo más es que con cada pack de dos productos de estos que pienso adquirir - en cuanto la Gran Multinacional escuche por telepatía mis pensamientos - me van a regalar una Tortuga Ninja teledirigible que se hace pis en los enchufes provocando cortocircuitos y tres tupperwares con la ropa interior usada de los concursantes de la última edición del Gran Hermano. Porque ¿realmente queremos compresas que sean compresas? No, claro que no, las deseamos con radio y sabor a plátano. Y es una suerte que los creativos sean tan originales que nos las ofrezcan. Evidentemente, es falso eso que dicen de que la oferta crea la demanda (una de las leyes básicas, dicen los no entendidos). Nosotros, los consumidores, tenemos el poder. No es que nos traguemos lo que haya y lo que nos echen, sino que pedimos y nos lo ofrecen. Por ejemplo: yo pedí un esterilizador de biberones que se estropeara a las tres semanas por eso de entretenerme un poco yendo a la tienda a exigir la garantía. Y como no me daban otro nuevo, sino que tardan tres semanas en repararlo, me he tenido que comprar otro, esta vez de los esterilizadores para microondas, los cuales explotan de vez en cuando y se rajan enteritos, más que nada, para dar alegría y jolgorio a estas vidas burguesas tan aburridas que llevamos. También pedí que me cambiaran artículos de consumo que me gustaban y funcionaban bien por otros - mucho más modernos, con efectos supersónicos de estos y que no me gustan- sólo para sufrir un poco y saciar así mi vena masoquista. Y por supuesto, pido que me regalen tupperwares variados y muñequitos idiotas varios por eso de llenar la casa de porquerías, que tanto espacio libre me molesta. Gracias, Gran Multinacional, (reverencia) por cumplir a rajatabla mis órdenes y el más mínimo de mis deseos. Soy una consumidora modelo, de estos que tenemos el poder y eso, y me tragaré todo lo que me eches afirmando hasta la saciedad que me es indispensable y fui yo quien lo pidió así. 21/01/2005Desmayos¡Las sales! ¡Las sales! Decían en las novelas cunado alguna dama se desmayaba. Y yo siempre me preguntaba qué sales eran esas y cómo se sentía una al desmayarse. Porque yo no me desmayaba nunca, ni intentándolo siquiera, aunque una vez fingí un desmayo, pero no era tan molón, romántico y delicado como los desmayos de las heroínas de novela. Mi desmayo fue sencillo: estábamos perdidos en las profundidades de un país del Este - cosas de seminarios de estudiantes con guitarra, canciones, ligoteos y multicultis- cuando la organización del evento nos puso una discoteca a nuestro servicio para que nos explayáramos un rato y diéramos rienda suelta al entusiasmo juvenil. Entonces, un polaco, una especie de armario pero flaco, con mentalidad de crío de diez años aunque andaba por los dieciocho, me agarró, me cogió en brazos, me llevó a la pista y se puso a dar vueltas como una peonza. Yo le decía que me dejase, pero él ni caso. Entonces, cuando me di cuenta de que me estaba mareando y la criatura no pensaba parar, dejé caer mi cabeza y los brazos, como si me desmayara y el paró, claro. Menudo susto le di. Se puso lívido. Todavía me río al acordarme. Poberino!!! Pero ahora, en la era de internet, no sé cómo harán las dulces y delicadas señoritas con lo de las sales. ¿Cómo se desmayan? Con web-cam es más fácil, pero ¿en los blogs? ¿cómo hacen las almas puras y románticas? ¿Existe algún símbolo tipo :-)))///XD:-P para indicar que una se ha desmayado y que traigan las sales de inmediato? Es que el desmayo me parece imprescindible en toda alma pura y romántica que se precie y creo que la comunicación por internet no debe dejarlo de lado. Yo porque no puedo desmayarme, ya que soy de campo y con colores en las mejillas, pero si tuviera un alma pura de esas (ojalá, ojalá), y no la que tengo, que es una especie de cabra montesa, me desmayaría todos los días un par de veces, lo menos. 25/01/2005TerminatorMe hubiera gustado ser una de esas personas que van por la vida como si fueran a comprar patatas fritas: los terminator. He conocido varios y son una rara especie. Van, hacen, la lían con inocencia, de forma ingenua, con una sonrisa encantadora por lo inverosimil, y se largan a otra parte dejando el marrón. Es envidia. Sé que es innato y que nunca podré ser como ellos así como nunca tendré los ojos azules ni mediré un metro ochenta ni me llamaré Howard ni seré barítono. A mí me gustaría ser un terminator y hacer lo mismo que ellos: no ser consciente, pero no hay manera. Nunca he podido desconectar el piloto automático y siempre he sido consciente de todo lo que he hecho por lo que no tengo la excusa maravillosa de la inconsciencia. ¡Qué putada! Tuve un jefe terminator. Todos los días me reía con él a carcajadas: despistado, chapucero, desordenado... Como un crío. Divertido no por su intencionalidad en los chistes, sino porque era igual que el P.Tinto y te partías de la risa con él. Hubo un día, incluso, que, al salir de su despacho y del más absoluto de los absurdos surrealistas, me entró tal ataque de risa que me caí al suelo. Hasta para encontrar un bolígrafo perdido entre la maraña de papeles desordenados de su mesa de despacho era divertido, y no veas para dedicarse a llamar por teléfono a diferentes empresas pidiendo información sobre productos de "mariconería" en lugar de "marroquinería". Arrastraba un trágica (muy trágica) historia a sus espaldas que parecía escurrile por completo: y no tenía escrúpulos. Aguien se quejaba de que no tuviera escrúpulos y yo pensaba que, en efecto, esa circunstancia era fastidiosa para los demás, pero beneficiosa para él, ya que era la clave de su supervivencia. Me reía hasta lo imposible, pero trabajaba diez horas diarias para organizarlo todo. Hasta para encontrar un bolígrafo le era necesaria y me llamaba a todas horas, incluso a casa por la tarde-noche. Tan desorganizado, tan ingenuo y tan listo, tan astuto para hacernos trabajar a los demás. Yo era su esclava. Yo querría ser un terminator como él, porque lo admiro mucho, pero sé que nunca lo lograré: nunca iré por la vida como si fuera a comprar patatas fritas aparcando en las salidas de ambulancias, metiéndome en dirección contraria por la Castellana y echándole al culpa al copiloto, careciendo de los más mínimos escrúpulos empresariales aunque con una dignidad de señor con Don. Los hay que nacemos herbívoros. Voy a ver si pillo un poco de alfalfa. 31/01/2005RutinasFue en un área de descanso en la autopista que lleva de Lorient a Rennes, Bretaña. Paramos a comer algo, un sandwich y fruta. A nuestro lado había aparcado un coche con una caravana. Volvían de vacaciones en la playa. Últimos días de agosto del 2002. Era un matrimonio mayor, muy entrado en años. Eran delgados y silenciosos y nos miraban con curiosidad porque, aparte de no parecer de la zona, teníamos una matrícula que era un enigma, difícil de identificar incluso para ciertos policías no muy enterados que a veces nos seguían de cerca. Nos sentamos en una de esas mesas de madera estilo merendero y comenzamos a comer, deprisa, riendo. Ellos nos observaban en silencio. Sentados en un merendero al lado del nuestro empezaron a sacar tarteras y cubiertos. Un hule, servilletas, platos, y se pusieron a comer pausadamente sin quitarnos la vista de encima. Tanta vigilancia me resultaba agobiante, así que les sonreí. Me sonrieron. Sonreímos todos en silencio. Y siguieron mirando. Entonces yo los miré a ellos, más que nada por estar en igualdad de condiciones, y observé su hule de los años sesenta, sus platos psicodélicos de plástico gastado y desteñido, esos vasos de picnic de plastico naranja que estuvieron tan de moda, sus ropas ajadas -con una edad de treinta años, quizás- y con el color gastado de tanto lavado metódico y cuidadoso, la comida cuidadosamente ordenada en recipientes de plástico lavados una y mil veces. Ellos eran metódicos y comían con gestos muy contenidos, rígidos, con sonrisas silenciosas y sin hablar, sin que un gesto de más se les escapara. Observé su caravana: antigua, muy antigua, como aquellas que empleaban los primeros extranjeros que se iban de camping. Su orden, su rutina. Pareciera que el tiempo les concediera el Sísifo de una vida de tupperware. Una vida de tupperware,- pensé- y me dió un escalofrío. Toda una vida ordenando la comida en aquellos recipientes de plástico. Siempre las mismas rutinas de silencio. Y así cuarenta años. Más escalofrío. Nosotros viajamos con un orden meticuloso, entre pocas maletas cerradas, coche limpio, brillante y sin una sola bolsa o paquete de kleenex fuera de su sitio. Pero aún quedan risas. |
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