grullas

¿O eran avestruces?

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14/03/2005

Hasta luego

Me va a costar decir "hasta luego", pero creo que ha llegado el momento de hacerlo. Es mejor hacerlo ahora, cuando las palabras han comenzado a perder su ligereza, antes de que sean pesadas como el plomo.

LLevo ya tiempo pensando en tomarme un descanso de internet, y si lo pienso es porque lo necesito. Por una parte, siento que éste es un medio magnífico de comunicación y me gusta escribir, leeros, hablar de temas distintos y a veces estrafalarios, reír, observar, vivir de esta manera distante pero cercana, porque me he sentido muy acompañada por vosotros. Y por otro lado me da un poco de miedo ese oscuro pozo de la red, adonde van pensamientos, historias, vida personal e incluso lágrimas. A veces, necesito desconectar el ordenador y volver a la vida, la vida real.

Durante este año y tres meses me habéis acompañado y os estoy muy agradecida por ello. Por circunstancias personales vivo en un cierto aislamiento (por supuesto que ni estoy confinada ni nada por el estilo, tan sólo que paso mucho tiempo en soledad porque aquí se vive así)y leeros a diario, reír con vosotros ha sido algo extraordinariamente agradable. Zahorí estrenó mi temporada de blog, allá por enero del 2004 en "seamos cínicas", con Parapo tuve algún pequeño roce, sin sangre, que luego se saldó con una relación bastante civilizada. Ericillo, la única persona que aparece por aquí a quien conozco personalmente, ha ido y venido con prisas, corriendo siempre y dejando una palabra amable. Bambolia, con quien llevo años conversando y compartiendo batallas virtuales en el mismo bando. Kiri, con su sentido del humor y su prosa poética. Ciri, y su ironía amable. Bernar y nuestras luchas de años, sin sangre también.

Soil Takada, striper-filósofo, que se incorporó tiempo después a este invento. Duquena, con su enorme trabajo literario en Combray. Miranda, a quien conocía de otros mundos y apareció por aquí por casualidad dándome una agradable sorpresa. Qhrlhy, con sus porqués jeroglíficos. Y más recientemente Eurímaco, Kris y Malmäkaki. Además de otros que se pasan esporádicamente o me leen y no dicen nada. No sé si me dejo alguno en el tintero, pero si es así que lo diga y disculpe mi error, que intentaré subsanar.

Ha sido muy agradable, gente. Y quiero agradeceros especialmente que me hayáis acompañado en los momentos difíciles que tuve durante el embarazdo complicado que pasé. Hubo un momento durísimo que me hizo perder la frivolidad y me convertí en grulla, y allí recibí vuestra amabilidad y vuestro consuelo, siendo algo que no olvidaré jamás. Tampoco olvido y agradezco muy especialmente la atención y el cariño virtual que me demostrásteis en mis dos últimos meses de embarazo, cuando tenía mucho miedo y me sentía más sola que nunca. Me hizo mucho bien que estuviérais ahí.

Como es lógico, me cuesta la despedida, ya que os tengo aprecio y de alguna forma me cierro una puerta de comunicación, pero prefiero hacerlo porque por una temporada voy a estar en silencio, ya que no consigo encontrar la forma de que mis palabras sean ligeras. Así evito que estéis entrando y saliendo (como observo en las estadísticas) por si escribo algún post nuevo, cosa que no podrá suceder en un tiempo.

Cuando regrese aquí o en algún otro sitio os avisaré por e-mail. Para las personas con las que no tengo contacto por e-mail dejo aquí una dirección donde podéis contactar conmigo, o si lo preferís, podéis dejarme vosotros vuestra dirección y yo me pondré en contacto con vosotros. Mi dirección es: aliosha.karamazov@gmail.com.

Gracias a todos y besos surtidos.

Hasta cuando las palabras recobren su ligereza.
14/03/2005 11:00 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 29 comentarios.

26/02/2005

A Change is Gonna Come

cooke.jpgY reía, reía y jugaba con mi criatura mientras escuchaba música. Le gusta verme hacer payasadas, ríe, le gusta verme bailar. Se me queda mirando con esos ojos llenos de curiosidad y me lanza sonrisitas coquetonas mientras yo, a riesgo de darme una buena hostia escurriéndome en el parquet, le hago figuras un poco torpes, pero con muha iniciativa. Y entre cha cha chas, twist y mambos varios, mientras descanso un poco mis piernas, últimamnte poco acostumbradas al ritmo de baile que les imponía antes, aparece él.

Apareció de improviso. De repente, esa canción llamó mi atención hasta el punto de que me quedé quieta, parada, y me senté mientras la mente se me iba muy lejos, lejos en la distancia y el tiempo, como si respirara cincuenta años años atrás.

La volví a poner otra vez, y otra como hipnotizada y supe que esa canción era "algo". Triste, esa tristeza, esa profundidad, esa melodía, esa belleza en la modulación de la voz, en cómo lo dice. Y busqué, busqué en internet. Y supe que en 1964 Sam cooke había muerto asesinado, en extrañas circunstancias, por la dueña de un motel, que, en teoría, actuó en legítima defensa de terceros cuando una joven acusó al cantante y compositor de haberla secuestrado e intentar violarla en dicho motel.

Y supe, sin haber leído aún sobre ello que esa canción, de alguna forma era una de sus últimas canciones, como un epílogo. Porque se notaba que era un epílogo, porque no podía ser de otra forma.

Y sí, fue una de las últimas canciones que escribió, poco antes de caer bajo los disparos y ser rematado con un bate de baseball.

A Change Is Gonna Come
(Sam Cooke)
As Performed Sam Cooke (1964)

I was born by the river in a little tent
And just like the river, I've been running ever since
It's been a long time coming
But I know a change is gonna come

It's been too hard living, but I'm afraid to die
I don't know what's up there beyond the sky
It's been a long time coming
But I know a change is gonna come

I go to the movie, and I go downtown
Somebody keep telling me "Don't hang around"
It's been a long time coming
But I know a change is gonna come

Then I go to my brother and I say, "Brother, help me please"
But he winds up knocking me back down on my knees

There've been times that I've thought I couldn't last for long
But now I think I'm able to carry on
It's been a long time coming
But I know a change is gonna come

Una canción en la que Sam Cooke, que fue detenido por los disturbios causados tras serle denegado el registro en un hotel, expresa su dolor por la segregación racial y su esperanza de que la situación cambie. Canción inspirada al escuchar "Blowing in the wind", de Bob Dylan, porque pensó que "no podía ser blanco quien había escrito una canción así". Los beneficios de esta canción fueron donados a la Fundación de Martin Luther King.

Y me pregunto, cuando la escucho, cuando percibo tanta belleza, cómo pudo morir así, de una forma tan absurda. Y más allá de si la joven que lo acusó de querer violarla mintió o no (parece ser que era una prostituta, lo cual no exime, por supuesto, a un violador, pero surgen más dudas sobre el caso), y más allá de si él fue culpable o no de un acto tan repugnante, no acabo de salir del estupor que me produce una muerte tan cutre, tan desolada y tan estúpida para alguien capaz de componer canciones "así".

La belleza y lo cutre se rozan, se entremezclan de una forma que da vértigo. Y yo sigo asombrada, hipnotizada y escucho su voz una y otra vez, como modula cada palabra que canta, esa ligera forma de quebrarse. Belleza, belleza, y no quiero ver, no puedo ver lo cutre que hay debajo. "Lady, you killed me", parece que fueron sus últimas palabras. Y suena hermoso, bello a rabiar en la cutrez desesperada.
26/02/2005 00:02 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 16 comentarios.

31/01/2005

Rutinas

Fue en un área de descanso en la autopista que lleva de Lorient a Rennes, Bretaña. Paramos a comer algo, un sandwich y fruta.

A nuestro lado había aparcado un coche con una caravana. Volvían de vacaciones en la playa. Últimos días de agosto del 2002. Era un matrimonio mayor, muy entrado en años. Eran delgados y silenciosos y nos miraban con curiosidad porque, aparte de no parecer de la zona, teníamos una matrícula que era un enigma, difícil de identificar incluso para ciertos policías no muy enterados que a veces nos seguían de cerca.

Nos sentamos en una de esas mesas de madera estilo merendero y comenzamos a comer, deprisa, riendo. Ellos nos observaban en silencio.

Sentados en un merendero al lado del nuestro empezaron a sacar tarteras y cubiertos. Un hule, servilletas, platos, y se pusieron a comer pausadamente sin quitarnos la vista de encima.
Tanta vigilancia me resultaba agobiante, así que les sonreí. Me sonrieron. Sonreímos todos en silencio. Y siguieron mirando. Entonces yo los miré a ellos, más que nada por estar en igualdad de condiciones, y observé su hule de los años sesenta, sus platos psicodélicos de plástico gastado y desteñido, esos vasos de picnic de plastico naranja que estuvieron tan de moda, sus ropas ajadas -con una edad de treinta años, quizás- y con el color gastado de tanto lavado metódico y cuidadoso, la comida cuidadosamente ordenada en recipientes de plástico lavados una y mil veces.

Ellos eran metódicos y comían con gestos muy contenidos, rígidos, con sonrisas silenciosas y sin hablar, sin que un gesto de más se les escapara. Observé su caravana: antigua, muy antigua, como aquellas que empleaban los primeros extranjeros que se iban de camping. Su orden, su rutina. Pareciera que el tiempo les concediera el Sísifo de una vida de tupperware. Una vida de tupperware,- pensé- y me dió un escalofrío.

Toda una vida ordenando la comida en aquellos recipientes de plástico. Siempre las mismas rutinas de silencio. Y así cuarenta años. Más escalofrío.

Nosotros viajamos con un orden meticuloso, entre pocas maletas cerradas, coche limpio, brillante y sin una sola bolsa o paquete de kleenex fuera de su sitio.

Pero aún quedan risas.
31/01/2005 11:37 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 44 comentarios.

16/01/2005

Sapogui

Hablando y hablando de otros temas. Llevábamos media hora de risas y conversación rápida, cómplice, cuando mi hermana ha pronunciado la palabra "botas". Pero no ha sido sólo esa palabra, sino la compañía: Las botas que le hacían a Gorki en Italia, no, no estas botas. Las botas de Z., pronunciadas después. Z., personaje basado en alguien real, muy real que vivió allá por los años de la Revolución Rusa, y que era un burgués encantador, guapo y listo, que por causas del caos de la guerra civil entre el Ejército Blanco y el Rojo, se metió a bandido, delincuente juvenil, y fue reeducado en una colonia comunista en Ucrania.

Ah, Z., sus botas. Erotismo sutil. Sin una sóla palabra erótica ni tan siquiera la intención, M., el reeducador que luego escribió un libro sobre la hazaña de reeducar delincuentes en colonias comunistas, no tenía más que escribir Z. para que las pupilas se nos dilatasen y deseásemos fehacientemente que el tiempo nos transportara a aquellos años, a Jarkov, con Z., su forma de entornar los ojos y sus botas, su forma de ponerse aquellas magníficas botas de caña alta. No me hubiera importado ser delincuente juvenil y tragarme las purgas de Stalin con tal de ver a Z., el cual, si mal no recuerdo, en la época en la que yo leía el libro debía de andar ya por los ochenta años.

Sapogui, me vino a la cabeza. Así las hubiera llamado él a sus botas. Sapogui, y recordé otras botas, tantas botas masculinas míticas en la literatura. Y agradecí el haber tenido la oportunidad de aprender a sentir ese erotismo sutil, de lo no dicho, a través de la pluma de los clásicos. ¿Cuántas miradas, cuántas botas descalzadas tenían más valor erótico que todo eso tan explícito y soez que leemos, acostumbrados ya, y nos resbala como una fast-food de consumo rápido y olvido?

Una mirada del Werther (lloré un montón, menudo trauma ¿lloraría también hoy), el nerviosismo de Emma Bovary, el crack final de Onieguin, el acercamiento de Raskolnikov a Sonia, un roce en la mano, la visión de un pie y sus medias o el sonido del frú-frú de un vestido de encajes. Gilberte. Y botas de húsares.

Cuánto erotismo sutil e inmenso, eterno, eterno.

Cuando volvía hoy de la calle me senté en el sofá, aún con las botas puestas, y mientras bajaba la cremallera que rozaba suavemente las medias y acariciaba la piel con un leve cosquilleo cálido, sentía en el hecho, aparentemente banal, de despojarme de mis botas negras de caña alta toda la fuerza de las viriles y elegantes botas de Z.
16/01/2005 00:46 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 14 comentarios.

02/01/2005

Allumeuse

Fue en una fiesta, hace ya algún tiempo, cuando la ví. Se presentó sonriendo, aunque con cierto nerviosismo que delataba una inseguridad que no le era posible disimular. Rostro bonito, agradable, muy maquillado. Iba vestida con un pantalón pirata y una camisa abierta que dejaba ver una especie de minisujetador que sujetaba, a duras penas, unos senos orondos (como balones de rugby" (esa era la metáfora preferida de un escritor de ciencia ficción del que leí una novela hace años, todos los senos eran "balones de rugby", muy americano y tal).

Y siguió la fiesta con el transcurso habitual de las fiestas que se dan en ninguna parte para que se diviertan o, al menos lo finjan, aquellos que están en ninguna parte. Unos, callados, con el vaso de licor en la mano, otros hablando de banalidades, otros contando el último chiste idiota sin gracia mientras los demás ríen a coro sin gracia, otros bailando por hacer algo. Y la mayoría, criticando a los demás, ya sea de forma explícita y en directo, es decir, en voz alta y en el momento, o de forma implícita y en diferido: guardándoselo para después. Ella bailaba de forma extravagante y excesiva, como si fuera su última fiesta, como si le fuera la vida en ello.

"Allumeuse" dijo Valéry. "Es la típica allumeuse; en todas las fiestas hay una". Y sorbió el vaso de licor, que sabía no debía tomar porque al día siguiente tenía una carrera, y como deportista pagado por el Estado de un país centroeuropeo, se supone (es un decir) que debía ser más responsable para defender como fondista sobrio los colores de su bandera (aprovecho ahora que no me oyes ni me entiendes para criticarte, Valéry, querido, pero es sin acritud, tan sólo por criticar y eso). La miraba como si quisiera ser "allumado" allí mismo pero no se atreviera: Ella había llegado con un viejo rico, rentista, que lucía una panza proporcional a los millones que debía tener guardados en el banco.

Y seguimos hablando de cosas banales. Valéry jugaba a sacarnos fotos con su recién estrenada cámara digital. Philippe, el mariquita francés (también figura indispensable en toda fiesta que se precie) dueño de la preciosísima Maison de Maître Art-Déco donde se daba la fiesta subía, bajaba, venía, se iba, sonreía, saludaba, se presentaba, nos preguntaba y todo ello en un fantástico despliegue de sí mismo dedicado a demostrarnos lo fabuloso que era. Y seguro que sigue siendo fabuloso, no lo dudo: todos los mariquitas franceses que conozco son fabulosos a la par que tienen un acento encantadoramente burgués. Y la allumeuse, en la zona reservada para el baile, ya en sujetador, gritaba "Joyeux anniversaire" de una forma tan desangelada e histérica, que nos dibujaba una tímida sonrisa, entre conmiseración, ironía y sorpresa.

Allumeuse parecía empeñada en sacarme para que yo bailara. Quizás porque yo le sonreía. Nunca he mirado con recelo a las allumeuses. Posiblemente sea porque no compartimos territorio de caza; no somos competencia. Entiendo que necesitan seducir, como todos, porque sé que la sensualidad y la seducción son dos pilares fundamentales en mi vida, y lo intentan con las armas a su alcance: ellas tienen balones de rugby, yo tengo mi granja de avestruces. Balones de rugby y granjas de avestruces no compiten en el mismo mercado, es evidente. Le dije que no. Insistía. Al final, salí de mala gana. Ella gritaba, yo saqué mi sonrisa fría de circunstancias y fingí como que le hacía caso y bailaba un poco. Pronto me escurrí entre un grupo de musculados ruandeses, go-gos y modelos o algo así. Una ruandesa espectacular bailaba como una anguila ritmos que son imposibles de seguir para el oído melódico europeo. Me enteré de que la ruandesa estaba casada con un belga, que la observaba mientras ella devoraba sensualmente a otro hermosísismo ruandés lánguido, de grandes ojos y largos brazos, que en teoría, según ella decía era su hermano. Después de contemplar el amago de incesto bajé al comedor para llegar a tiempo de escuchar cómo el viejo rico le aconsejaba a otro sobre inversiones inmobiliarias.

Cuando subí, Allumeuse estaba en brazos de un joven albanés, conocido mío, chico amable y tímido. Habían tomado al asalto un sofá (antigüedad art-déco, menos mal que Philippe no los vió) y se besaban. Al albanés le hacía mucha falta porque llevaba mucho tiempo de sequía (nos miraba en el gimnasio a las que hacíamos aerobic con los ojos desencajados, el pobre). Me alegré por él. Y a ella le hacía una falta desesperada, pero otro tipo de falta. Buscaba algo, perdida entre los brazos flacos y huesudos de aquel albanés amable, algo que quizás no encontrara nunca. La observé disimuladamente: esa mirada, esa mirada ahogada, vacua, ese dolor del vacío, ese vértigo de la nada.

Hace unos días, en una cena, pasaron las fotos de la fiesta. Oh, Philippe, qué maravillosa casa, qué decoración, qué fiesta, qué fantásticos todos. Y en una de ellas me tropecé con el minisujetador y la mirada de la Allumeuse. Me quedé observándola y pensé en ella: me dió vértigo pensar qué podía haber sido de ella, si aún estaría viva y, en ese caso, en qué condiciones. Sus ojos, que miraban de frente a la cámara digital de Valéry, decían entre humos y vapores alcohólicos: "Ah, pero ¿la Vida era esto?"."
02/01/2005 00:06 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 14 comentarios.

09/11/2004

De baja bitacoril

Pues eso, de baja temporal en el mundo de las bitácoras.

Quería haber escrito hoy un post, tal y como dije en los comentarios del post anterior, pero no he podido y ahora debo cerrar el chiringuito por unos días debido a que tengo la tensión alta. Lamento no estar en condiciones de responder.

Dada mi situación personal, debo estar en reposo absoluto, en la cama o en el sofá, con las piernas en alto y pensando aún menos que de costumbre, no vaya a ser que me ponga nerviosa por algo. Así que no podré pasarme apenas por internet (si acaso, para saludar y poco más) ni escribir algo medianamente elaborado, por lo que prefiero decirlo ya y dejar los temas pendientes y lo que se me ocurra en el intermedio para más adelante, quizás en unos días o unas semanas, cuando vuelva a ser persona o bicho (lo que sea, pero creo que más bien bicho) con mis pocas facultades habituales pero, al menos, al ochenta por ciento o así, que tampoco hay que estresarse. Ahora ando al diez por ciento más o menos, y no puedo con mi alma.

Me veré todos los programas de televisión para que me baje la tensión de puro aburrimiento e intentaré leerme el libro que uso para dormirme "El año que vivimos en ninguna parte (El Che Guevara en el Congo)" de Paco Ignacio Taibo II y otros dos periodistas, que es de lo más entretenido en plan periodismo de investigación y seguro que hace milagros laicos.

Cuando vuelva, espero tener ya conmigo a una parte de mi vida muy deseada en los brazos.

Besos y cuidaos mucho. A todos, gracias por estar ahí.
09/11/2004 15:10 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 32 comentarios.

25/09/2004

Bonjour tristesse

Me acabo de enterar de que ha muerto Françoise Sagan. Era una escritora, que si bien no fue considerada por la "intelectualidad" de su época dado su estilo ligero y sus temas no comprometidos, me llama mucho la atención.

Hace unos meses leía la carta pública que ella le envió a Sartre cuando éste, enfermo y cerca ya del final, había sido rechazado por la intelectualidad. Dos personas que no habían tenido nada en común durante años y se habían ignorado como escritores al pertenecer a círculos diferentes se hicieron muy amigas en el último año de vida de Sartre. Me gustó esa conciliación entre ambos mundos, que se despreciaban abiertamente entre sí. Hermosa carta y hermosas las palabras de Sagan a Sartre, a quien empecé a ver de otra forma, menos visceral y más adaptada a lo que él era: un hombre que se equivocaba, como todos, a pesar de que me sigue cayendo mal (no lo puedo evitar).

"Bonjour tristesse", el título de la primera novela de Sagan, con la que saltó a la fama con tan sólo 19 años y en la que explica - de una forma absolutamente innovadora para la época - los sentimientos contradictorios e "impuros" de una adolescente, algo que entonces era un tema tabú, porque la imagen que se tenía de la mujer estaba condicionada por la literatura escrita por hombres, que muchas veces se dejaba llevar por fantasías y visiones un tanto parciales de la psique femenina.

Sagan abrió un camino en la ruptura de tabúes.

Descanse en paz.
25/09/2004 00:00 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 10 comentarios.

02/09/2004

Trampa

París era una trampa.

Sí, una trampa de atascos. Había que pasar por allí, por la circunvalación para coger la autopista que nos llevaría al norte. Ya a la ida, en domingo, a eso de las dos de la tarde, habíamos pasado sin mayores problemas, e incluso entramos en la ciudad y estuvimos cumpliendo un ritual gastronómico, pero a la vuelta no había manera de avanzar.

Propuse salir de la autopista y entrar a la circunvalación interna de París por carreteras nacionales. Y así lo hicimos, pero también había atasco. Glamour, glamour, y unas carreteras de circunvalación que dan pena de puro obsoletas que se han quedado ante la realidad de una ciudad monstruo que no quiere aceptar que, tras el delicioso escaparate del centro, se malvive en los suburbios a costa de atascos diarios de ida y vuelta.

La circunvalación interior también estaba atascada, asi que, tras dos horas en atasco, decidimos atravesar París por si había más suerte. En el centro el tráfico era fluído, e incluso apenas pude ver la silueta de Notre Dame mientras atravesábamos un puente, de puro rápido que íbamos. Pero al final, ya en el norte, para acceder a nuestra autopista tuvimos que volver a esperar otra vez, sentados en el coche, sin salir, y con dolor lumbar. Hubiera estado bien tomarnos algo, claro, pero el conductor andaba rabiando por salir de allí y no quería buscar aparcamiento, (que no iba a encontrar).

Y por fin ya, tiempo, rabia y paciencia después, nos encontramos en un área de servicio de autopista en la tarea de estirar las patitas, beber y zamparnos un sandwich. Y allí estábamos todos los ex-atascados en París. Nosotros, que al menos habíamos visto gente y calles, y tantos otros que se habían tragado horas de atasco en autopista (la Francilienne de las gónadas). Ingleses, holandeses, belgas y franceses compartían espacio, cansancio y hambre desde sus coches cargados de cachivaches de playa. Plástico, mucho plástico. Bazofia en los restaurantes, más plástico.

Frente a mí había un inglés sentado en su camión-caravana. Comía algo dentro, a grandes bocados, mientras miraba en nuestra dirección con unos ojos que nos nos veían. Salió para tirar algo en la papelera y lo ví entero. Pelo largo, blanco, pantalón corto y una prominente barriga, orgullo de años. Hippy, sí. Un hippy atrapado, como tantos otros, normales, anormales, convencionales, pijos, punkies, alternativos, ejecutivos o lo que sea (etiquetas las que hagan falta, molan porque es entretenido ponerlas) en un área de autopista.

Y es que daba igual lo que fueras (o lo que quisieras parecer) o el coche que llevaras, e incluso si comías fuera por no manchar la tapicería (nuestro caso) o si comías dentro decorando el salpicadero de miguitas y ketchup. Allí estábamos todos, atrapados en la marea humana, en la necesidad humana. Hasta el hippy no había podido escapar de su tiempo, ni del plástico, ni de su volante inglés, ni de la gasolinera, ni escaparía al ferry de Calais (o en su defecto al Eurostar).

Y pensé, de repente, en tanta gente "exquisita", de estos que están "por encima de" y nunca son marea humana, de estos que reniegan de lo hortera, del "mal gusto" como si a ellos no les rozase jamás. Y me los imaginé en un área de autopista. Mal gusto por excelencia y gente, mucha gente, de esta gente tan gente que resulta incómoda por lo que nos recuerda a los orígenes primates.

Marea humana, exquisitos y no exquisitos. Tanto los que leen a Joyce como los que nunca han visto un libro en su vida (y tantos otros términos medios) arrastrados por su tiempo, esclavos del tiempo que les ha tocado vivir, que nos ha tocado vivir. Evidentemente, a los exquisitos y alternativos nunca les ocurren esas cosas, claro, porque para eso son exquisitos y alternativos que no caen jamás ne la vulgaridad de la masa. Yo, que no sé lo que digo porque (y lo confieso avergonzada) no he leído a Joyce ni sé quién es Frank Arsehole.
02/09/2004 18:30 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 12 comentarios.

12/08/2004

Impresiones

Tengo la impresión, desde siempre, de haber asistido a mi nacimiento. Es posible que fuese una fantasía de niña que se haya instalado en mi memoria y me haga considerar como recuerdos lo que fueron imaginaciones infantiles. El caso es que hay como una voz en off, que no sé lo que dice, unos azulejos blancos, luz blanquecina y una ventana que da al norte. Y la consciencia de "ser" o "existir".

También es curioso que antes de aprender a guiarme por el sol y las estrellas ya supiera yo de norte y sur. Siempre he tenido claro este concepto. Tanto es así, que nunca he tenido problemas de orientación no sabiendo distinguir, hasta hace muy poco, entre izquierda y derecha. Sin embargo, los puntos cardinales son casi instintivos en mí.

Y tengo muchos recuerdos de cuando era bébe, algo que a muchos les resulta casi imposible de creer, pero sí. Y no son imaginaciones mías. Recuerdo cuando una de mis hermanas, de tres años entonces, celosa de haber sido sustituida como la menor, se acercaba a mi cuna y me daba pellizcos en el cuello. Recuerdo como me escapaba de la cuna en cuando aprendí a gatear echándome con fuerza sobre un lado hasta hacerla caer sobre la cama que había al lado. Después de escaparme ponía otra vez la cuna en su sitio, de manera que mis escapadas constituyeron un misterio para las personas que me cuidaban, hasta que ya de mayor, un día, desvelé en una conversación inocente ciertos pormenores de la memoria de un bebé. Y resultó ser cierto aquello que yo recordaba.

Y más recuerdos, muchos más, de mis primeros años, de la casa donde donde víví hasta los tres años, de la que podría hacer un plano ahora mismo porque la recuerdo perfectamente. Todo queda grabado en la memoria, incluso cuando mi hermana mayor me bañaba en el lavabo del baño (pared orientación este), con lo cual, puede haber una idea de lo pequeñaja que era para caber ahí.

Y resulta extraño ese almacenaje de recuerdos porque, en teoría, era demasiado pequeña como para poder recordar algo, aunque es posible que sea algo muy común que le ocurra a muchos otros y que la observación de un bebé sea algo a tener más en cuenta.

Me quedo con la miel cayendo en zig-zag. Imagen que tengo nítida en la memoria y me dejó impresionada la primera vez que la ví, cuando un apicultor, que vendía miel a granel, llamó a la puerta para que le comprásemos. Todavía me hipnotiza la miel cayendo en zig-zag. Esa imagen para mí vale un mundo.
12/08/2004 15:07 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 31 comentarios.

14/07/2004

A mi teclado

No sé si echaré raíces en esta silla de respaldo azul. Lo dudo, porque nunca eché raíces en ninguna parte y creo que ya es un poco tarde. Pero no me quiero levantar.

Toco el teclado y paso mis manos sobre él. Lo acaricio despacio, como si fuera a sentir el roce de mis dedos de una forma sensual. Ayer me pinté las uñas y están brillantes con su esmalte transparente, como a mí me gustan. Él siempre me dice que debo cortarme las uñas, que no le gustan largas porque teme que le dé un zarpazo. Pero yo no renunciaré facilmente a mis zarpas a pesar de los miedos ajenos (no totalmente injustificados).

Parece mentira que un teclado, algo tan inherte y prosaico, sea ahora lo que me procure mayor bienestar. Me hace pensar en otras cosas, salir un poco de mí, de esta espera interminable, de estos días de lluvia, nubes y preocupaciones. Y ya escucho las críticas de "pasas demasiado tiempo en internet", pero también las críticas de "no pienses en cosas que te atormentan", "no hagas", "no digas", "no respires, no sea que sea malo para la salud". Cualquier cosa es susceptible de ser criticada, pero no se dan alternativas factibles que calmen el caldero hirviendo que se cuece bajo esta carcasa de rizos.

Internet, a veces, puede ser una pesadilla, pero también es un soplo de aire, una ventana abierta en una habitación viciada. Esperar día tras día, durante casi un mes, una noticia que te dé la vida o te hunda en la miseria es mucho más cruel, mucho más perjudicial y peor para la salud que quedarse atontada chateando estupideces durante horas. Al menos, esas estupideces son analgésicos, mientras que la espera te mina por dentro.

A mi teclado, Logitech inálambrico (de vez en cuando le cambio las pilas), por las horas de complicidad en estos viajes que nos montamos fuera de una realidad que, a veces, no puedes vivir sin una ayudita de la imaginación, del más allá de otros mundos lejanos. A mi ratón, redondito y cómodo, que se deja manejar con suavidad mientras nos desplazamos veloces, con una sonrisa en la mirada atenta, por los vericuetos de un hierático monitor plano, que se exhibe como mascarón de proa.

A vosotros, los que me leéis y a veces respondéis, que estáis ahí y os siento cerca, como si los píxeles, en realidad, fueran vuestras células. Gracias.
14/07/2004 21:44 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 24 comentarios.

01/07/2004

Shqipëria

No sé que pintaba yo allí. El caso es que fui, quizá porque estaba muy cerca y el morbo y la curiosidad pudieron conmigo. Albania a poco más de seis millas.

Sabía que iba a ver pobreza, miseria y atraso. Lo sabía como lo sabíamos todos los que nos montamos en el barco de tripulación griega. Íbamos a ver eso. Para qué nos vamos a engañar diciendo que íbamos a contemplar la belleza de un país y sus tradiciones. Íbamos a contemplar los resultados devastadores de cuarenta años de aislamiento. Devastadores.

La costa sur albanesa, pelada, árida y montañosa, no tiene un particular atractivo a cerca de 35ºC. Desde el barco se veían los búnkeres que el dictador comunista hizo construir a lo largo de toda la costa para protegerse de una (improbabilisíma) invasión griega. Un país plagado de búnkeres, aislado del resto del mundo, y creyendo que los demás estados occidentales lo iban a invadir en cualquier momento.

Arribamos a Sarande, ciudad albanesa. Al acercarnos me dió un escalofrío. Edificios viejos, que se caen a pedazos, comparten vecindad con esqueletos y esqueletos de hormigón, de la construcción de hoteles en masa que se está llevando a cabo a marchas forzadas. Dicen que su futuro es el turismo. Pero aquello es feo, rematadamente feo. Y me dió pena de que fuese tan feo porque por mucho empeño que pusiera la guía en decirnos lo encantadora que era la ciudad, allí lo único que llamaba la atención era la miseria. Y la guía nos miraba buscando aprobación para que dijéramos que sí, que es un país hermoso que ha sufrido mucho. Pero lo de hermoso no se veía por ninguna parte. El sufrimiento sí, claro.

Y allí estábamos, una panda de guiris que no podíamos salirnos de un recorrido establecido porque era peligroso. Nos contó la chica que muchos albaneses están armados, que tienen fusiles y pistolas en sus casas para defenderse. También nos iba explicando, mientras yo observaba los arcenes de la carretera, llenos de basura, arrojada probablemente desde coches en marcha, que su futuro es el turismo y que tenían gran confianza en los albaneses que volvían del extranjero con dinero para invertir en hoteles y que habían estudiado y aprendido. Y pasaban mercedes, y más mercedes, llenos de gente hosca. Mercedes que han sido robados en otros países, porque trabajar como obrero en una fábrica (que es lo que hacen la mayoría de los inmigrantes albaneses en Europa) no da para comprarse un mercedes último modelo, sino para ir tirando. Tampoco da par construir un hotel de lujo con materiales importados. Para eso viene mejor el dinero de la trata de blancas, de la droga, de los robos a mano armada. Mafia. Palabra prohibida. La guía sonreía como un conejillo cuando algún turista ingenuo la pronunciaba, y hablaba en inglés de "corrupción," pero no ponía en sus labios la palabra tabú. Yo callaba.

Estábamos allí porque la mafia nos lo había permitido. Habíamos pagado por estar allí, de hecho. Íbamos a ver miseria. Y ellos, que lo saben, quieren que gastemos en sus hoteles, porque tienen la esperanza de que veamos hermoso lo que ellos nos dicen que es hermoso. Porque los turistas somos idiotas, ganado, claro. E igual que nos ordeñan los griegos en sus hermosas islas, también nos pueden ordeñar ellos en sus playas peladas.

En el campo no había apenas basura. Los campesinos, extremadamente pobres y vestidos a la usanza tradicional, montados en bueyes, miraban de otra forma. Miraban como miran los campesinos en todas partes. Con esa mirada resignada, con ese apego a sus tradiciones como única forma de vivir. Pero el campo, sin ser hermoso, tenía por lo menos la dignidad de la limpieza, de las miradas claras, de los campos de cultivo más o menos cuidados, de la supervivencia a pesar de. Y no tiraban basura con desprecio desde mercedes en marcha. Sí, no eran ellos.

Y la guía confiaba en los hoteles que se estaban construyendo y esperaba que fuésemos. Mientras tanto, en la calle, niños descalzos se acercaban a pedir dinero. Nos lo pedían a nosotros, de una forma pesada e insistente, no a los propietarios de los flamantes mercedes, señores "educados" en el extranjero que traen sus "conocimientos" al país. Mafia. Sí, la palabra prohibida.

Y es paradójico que la Mafia, que controla el país por completo y que impone su dictadura de terror, sea el nuevo yugo y al mismo tiempo, la esperanza de miles de personas. Creen que conseguirán desarrollar su economía así.

Me fui en el barco con una extraña sensación de cosas que no cuadran. De contradicciones, de paradojas, de sentimientos encontrados. Me alegré de no haber nacido allí. Eso era lo único que tenía claro cuando, de camino a la costa griega, dejé atrás Shqipëria.
01/07/2004 23:02 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 11 comentarios.

17/06/2004

Pobre diablo

Debía tener yo unos siete u ocho años y dibujaba en aquella mesa rectangular, recia, de estilo castellano. Me costaba llegar al tablero de la mesa de comedor desde las enormes sillas de cuero, tan odiadas por mí por lo sólidas, pesadas y difíciles de manejar para una niña delgada, de aspecto frágil.

Sonaba la radio, como casi siempre. Mi hermana mayor, sentada en otra silla, hablaba con alguien que no identifico ahora.

Aunque soy un pobre diablo
casi siempre digo la verdad

Yo escuchaba la radio a la vez que mi curiosidad me inmiscuía en la conversación de mi hermana. Victor Manuel cantaba con esa voz ahogada, a punto de darle un ataque de asma, mientras por otro lado me llegaba la noticia de que la mejor amiga de mi hermana había perdido a su padre.

Dejo sangre en el papel
y todo lo que escribo al día siguiente rompería
si no fuera porque creo en ti.

La amiga de mi hermana, de unos diecisiete años, había entrado en su despacho y había encontrado a su padre muerto. Se había pegado un tiro en la cabeza y la sangre inundaba la mesa.

Sangre en el papel. Decía Victor Manuel. Sangre en los papeles de la mesa. Aún me parece ver la imagen de aquel hombre al que nunca conocí. Me alarmé y le pregunté a mi hermana, porque me preocupé considerablemente ante algo que me sonaba a terrible, inconmensurable. Con precaución, con esa actitud cuidadosa que tienen los mayores responsables ante los niños que preguntan cosas demasiado duras para comprender, me explicó el significado de la palabra suicidio. Y Victor Manuel seguía cantando.

Sangre en el papel. Esa canción se ha quedado asociada para siempre a ese momento. Durante años, cada vez que la oía por la radio me ponía daba un vuelco el corazón. Y veía la imagen del hombre ensangrentado sobre la mesa del despacho. "Pobre diablo", me decía, porque intuía el significado de dicha expresión. Y me quedaba escuchándola como hipnotizada, como si tuviese la canción un oscuro significado que a mí se me escapaba.

Hace años que no la escucho (muchos, muchos) y, sin embargo, la recuerdo estrofa por estrofa, al igual que la imagen que en aquellos instantes se fraguó en mi mente. Y para mí, ese hombre que nunca ví y del que lo desconozco todo, incluso la causa de su suicidio y las consecuencias posteriores, ha sido siempre el "pobre diablo". Un título que posiblemente no le corresponda, sí, pero así de arbitraria es la mente cuando decide hacer asociaciones.
17/06/2004 12:12 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 16 comentarios.

13/05/2004

Galina

"Budet voiná, budet voiná". "Habrá guerra, habrá guerra" Repetía maquinalmente aquel hombre mayor, que había luchado en la guerra ganada en el 45 y había sobrevivido al cerco de Leningrado. Galina, su hija, me decía que no le hiciera caso, que estaba mayor y ya se le iba la cabeza.

Sin embargo, mientras me acompañaba a su casa en el autobús, me había hablado del miedo, del miedo tremendo que sentía a salir en San Petersburgo más tarde de las seis. Terror cuando veía aproximarse a algunos hombres jóvenes. Y también me prevenía a mí que no abriese la puerta del hotel a ningún desconocido, que preguntase siempre antes, que en mi hotel habían asesinado a un hombre hacía poco. Ella también tenía sus miedos.

Había venido a buscarme al hotel. Yo la había llamado para comunicarle que traía una carta para ella de parte de un pianista que había estado hospedado en su casa hacía unos tres años, mientras estudiaba piano en S.P. Ella se puso muy contenta y enseguida me invitó a cenar a su casa. Era de la minoría turca, morena y afable. De una amabilidad antigua, incluso excesiva para lo que estamos acostumbrados. Inmediatamente pasé a ser su invitada, y eso conllevaba hacer lo posible por que yo me sintiese bien y tratarme a cuerpo de rey.

Yo ya iba mentalizada a no ponerme escrupulosa porque conocía unas cuantas casas rusas y no se distinguían precisamente por su limpieza, o por lo que nosotros, los del sur, entendemos por limpieza. Y me sorprendió encontrarme con una casa cuidadísima, encerada, limpia hasta los extremos. Galina se debía pasar el día sacando brillo, porque los productos de limpieza que tenían en aquella época por allí no eran muy efectivos, que se diga. Ni una sola cucaracha salió a saludarme, como suele ser la costumbre.

Galina resultó ser una cocinera excelente, que de cualquier cosa hacía un manjar. Yo sabía que estaba comiendo "Bushkie nozhki" (muslitos de Bush, el anterior presidente, que había enviado a Rusia, como ayuda humanitaria, excedentes de muslos de pollo congelados para paliar la difícil situación económica), pero aquello sabía a gloria. Fue allí también donde probé por primera vez el arenque crudo (excelente), al que luego me aficioné.

Y el veterano de la guerra del 40, que me preguntaba con una curiosidad casi de niño por mi país, tan lejano, y se acordaba del país de origen de sus antepasados, también tan lejano, comparándolo con el mío, seguía repitiendo su obsesión por la guerra ante el fastidio de su hija.

Me acompañó de nuevo al hotel, muertecita de miedo, porque era un poco tarde. Yo no había encontrado el momento para darle el sobre, y allí, dentro de mi habitación, después de haber sido ambas escrutadas por la "dezhurnaya", se lo entregué. Ella sabía lo que contenía, yo también. Dudó si aceptarlo o no, lo ví en sus ojos, pero debía hacerlo porque también contenía una carta del pianista, a quien ella había tomado mucho cariño. Lo tomó con precaución, con miedo de lo que yo pudiera pensar de ella. No lo abrió, no era necesario.

Entre la necesidad y la dignidad. Las dudas la corrían por dentro y se notaba su lucha interna. En el sobre había dinero, unos doscientos dólares, que para ella representaban casi una pequeña fortuna y la posibilidad de comer un poco mejor en aquellos tiempos de miseria y pobreza, pero le daba una tremenda vergüenza aceptarlos. Como si por eso perdiese su dignidad, como si perdiese lo que ella era. Bajó la mirada, se despidió de mí deprisa, con su afabilidad antigua y se fue.

Sé que llegó bien porque la llamé. Lo que no quiero ni imaginar es el calvario que pudo pasar durante el viaje de vuelta, entre las dudas, la vergüenza y el miedo.
13/05/2004 11:09 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 6 comentarios.

12/05/2004

Leo

Creo que la conocí en el tren "Estrella Roja", no antes, porque en la estación estaba demasiado preocupada en no perder la maleta y no mirar demasiado a las niñas prostitutas, visión un tanto dura, desoladora y desconcertante. El primer recuerdo que tengo de ella fue en el vagón de madera, en el compartimento que me tocó compartir con otra señora, una argentina enorme, no sólo en su cuerpo sino también en su simpatía.

Leo me sometió a un interrogatorio de inmediato. Miraba muy fijo, de una forma siniestra y torva. Daban miedo sus grandes ojos oscuros, su pelo corto, tan repeinado, y ese extraño abrigo verde de paño que llevaba en pleno verano y le quedaba grande, ancho de hombros. Me preguntó sobre mi familia, sobre qué hacía yo viajando de Moscú a San Petersburgo y dejó caer su rabia sobre lo que pensaba de mi país. Al final, la otra argentina la echó porque quería dormir.

Y comenzaron los días de guías (correo clandestino entre los guías, otra historia para contar), palacios, malaquita, marfil, ámbar, ostentación, oros, joyas, pinturas impresionistas y cucarachas correteando por el baño del hotel. Y Leo siempre intentando imponerse, protestando, exigiendo, dando órdenes, entrometiéndose en asuntos que no eran de ella. Insoportable, embutida siempre en aquel abrigo verde que no se debía quitar ni para dormir.

Y llegó el día de la vuelta a Moscú. Faltaban unas horas para coger el tren y yo pensaba dedicar la mañana a hacer algunas compras en una de esas tiendas de dependientas antipáticas como bull-dogs, herencia soviética. Llamaron a la puerta de mi habitación. Era Leo. Venía un tanto encolerizada.

La razón de su cólera, según me explicó mientras me escrutaba con sus ojos torvos, era que la guía se negaba a llevarla a un palacio que faltaba por ver y que se encontraba a las afueras de San Petersburgo. Se había aprendido de memoria la guía y no quería perderse una sola moldura histórica. Me propuso a mí que la acompañara (previo pago), porque tenía miedo de coger un taxi sin saber el idioma. Yo le dije que no. Ella insitió. Le dije que podíamos perder el tren porque los taxis no funcionaban allí de una forma regular y fiable. Volvió a insistir en que ella no se iba de San Petersburgo sin ver ese palacio y me exigió que la llevara. De nuevo me negué. Entonces empezó a gritarme desaforadamente toda una serie de incoherencias, entre otras, mi terrible falta de interés por la cultura y toda una serie de lindezas. La acompañé hasta la puerta. Se fue dando un portazo.

Unas horas después, cuando me disponía a sacar la maleta para ir a la estación, escuché un alboroto de gritos en el pasillo. Abrí la puerta de la habitación y curioseé a ver qué pasaba. Leo estaba en el mostrador de la "dezhurnaya" (empleada de guardia que se dedica la vigilancia de planta en los hoteles y residencias) y ambas gritaban como posesas ante unos cuantos testigos incapaces de intervenir. Una en español y la otra en ruso, con lo que no había comunicación posible. Salí. Leo me vió y por primera vez vi una mirada suplicante en sus ojos. Casualmente iba dirigida a mí. Pregunté qué pasaba y al ver que alguien podía facilitar la comunicación ambas se avinieron a hablar.

Resultó que Leo había arrancado un cuadrito muy mono que había en su habitación, enmarcado con primor, y se lo quería llevar como recuerdo porque pensaba que era una oferta del hotel a los clientes. Resultó que la "dezhurnaya" la había pillado in-fraganti. Resultó que el cuadro en cuestión, era el plan de evacuación del hotel en caso de incendio, lo cual es muy decorativo y tal y seguro que hace mejor servicio fuera del hotel, claro.

Así que me tocó convencer a la "dezhurnaya" de que Leo no sabía lo que era el cuadro y que no había actuado con mala fe, sino ingenuamente, y que la dejara irse, sin el cuadro, claro. Mientras, Leo insistía en que "¿qué más les daba que se llevara ese cuadrito como recuerdo?", pero yo traducía lo que más convenía (o sea que no traducía), no lo que ella decía, claro. Al final, la "dezhurnaya" hizo como que se creía lo que yo decía, y sin mediar soborno (lo cual es todo un ejercicio de buena voluntad) la dejó marchar.

En el tren Leo hizo crack. Yo no estaba presente porque ocurrió en otro compartimento, pero me contaron que comenzó a llorar desconsoladamente y contó su historia. Había tenido un hijo, homosexual, y ella, al descubrir aquello, se negó a aceptarlo y lo echó de su lado para siempre. Hacía un año que su hijo había muerto de SIDA. Desde entonces, llevaba siempre puesto aquel abrigo de paño verde que había pertenecido a su hijo.
12/05/2004 10:17 Enlace permanente. Tema: Personales Hay 8 comentarios.




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