Digo que comprendo, que entiendo, pero no sé por qué lo digo. Porque no comprendo.
Como Holden Caufield, que decía algo aunque no quisiera en realidad hablar de ello sino de algo muy diferente. Y resulta extraño sentirse como Holden a mi edad, cuando se supone que pasé ya la adolescencia hace mucho. O quizás no, quizás la adolescencia no se pase nunca y se enmascare de madurez y raciocinio porque es lo que hay que hacer.
Hace años, en la estación de Burdeos, mientras esperaba un tren, ví subir las escaleras de los subterráneos a un niño de unos siete años con una maleta enorme que arrastraba a duras penas. Detrás, su padre, también cargado, y tres hermanos pequeños cargados cada uno con lo que podía. Por último, la madre llevaba otro bebé en brazos. Un velo islámico gris cubría pudorosamente sus cabellos.
El niño de la maleta ya era adulto, con su carga, sus hermanos, su disciplina de buen hijo. Imaginé que seguiría meticulosamente todas las obligaciones, todas las responsabilidades que una vida de sacrificio y trabajo le impondría desde un principio y me dió un enorme tristeza esa mirada en la que ya no se avistaba al bebé que era hacía tan poco tiempo. Supe que ya era adulto, que la adolescencia no llegaría porque nunca llega para esos seres a los que el deber llama desde la cuna. Y pensé que la adolescencia, vivida como tal, es un lujo.
Por eso sé que no comprender, no entender, es un lujo que me puedo permitir porque no estoy obligada a comprender ni a entender cualquier cosa. Hay personas que llevan ya el camino marcado y entenderán aquello que deban entender, sin salirse un milímetro. En mi adolescencia tardía y desfasada, recuperada a golpes de frivolidad y cinismo(*), yo puedo permitirme la duda, la contradicción y el desconcierto. Un lujo.
No comprendo y sonrío estúpidamente. Un lujo.
(*) Ésto es para aquellos que disfrutan repitiendo ambas palabras maquinalmente (de una forma absolutamente genial y talentosa, por supuesto) cuando se refieren a mí. Lo hago por altruismo, para que disfruten un poco y de paso irme ganando el Nirvana.
Sí, porque va de sueños. Me gusta que la gente sueñe.
Oigo mucho por ahí eso de "no me creo peor ni mejor que nadie pero los tales son unos imbéciles, unos degenerados y..." Evidentemente, eso no es creerse mejor que los "tales" ni ponerse en posición de superioridad con respecto a ellos, porque el que lo dice, por descontado que tiene el ego más equilibrado del planeta. O por lo menos lo sueña, y eso es enternecedor. Mola eso de soñar que uno, cuando ataca a los demás, no se intenta poner en posición de superioridad y el ego nunca está presente.
También se lleva el creerse un monstruo que puede hacer toda una serie de atrocidades (porque las piensa, porque pensar burradas es de lo más normal) y decirlo angelicalmente, sin hacer una sola atrocidad e incluso siendo amable. Otro sueño de esos molones que hacen que uno se sienta poderoso en su supuesta peligrosidad. El caso es que los seres que hacen atrocidades de verdad, sueñan con ser santos y tener causas muy justas y precisas para cometer esas atrocidades. Ellos no sueñan que son monstruos, sino que hacen justicia.
Para esta temporada otoño-invierno se lleva el manifestarse absolutamente en contra de la hipocresía y decir que uno no es hipócrita en absoluto, que la hipocresía es lo que más le molesta e ipso-facto decir lo que haya que decir según el politiqueo correcto de turno para que el grupo social no se encabrite o hacer la pelota a los web-masters. Soñar que uno no es hipócrita es de lo más molón y sube mucho la autoestima.
Todos estos sueños, y más, que abundan, son muy necesarios para la supervivencia de la especie ya que, lo importante no es lo que seas en realidad, sino lo que creas que eres. Por ejemplo, yo sueño con que soy Cleopatra, y eso que tengo el pelo rizado y no puedo ni ver a las serpientes (males menores porque me puedo hacer un brushing y comprarme un par de bivchas de plástico). Estoy convencida de que soy Cleopatra, vamos. Y a ver quién me convence a mí de que no lo soy.
Ya ni con los culebrones te puedes dormir a gusto. Ayer me puse uno para dormir la siesta al son de los suaves acentos caribeños y nada, que no había manera de dormirse. Gritaban como condenados, se pegaban, se insultaban todo el rato. Siguen siendo ñoños en lo esencial de la ñoñería de un culebrón: la virginidad femenina alzada a los altares, la bondad tontorrona que acaba ganando sobre la perfidia perfidiosa, que todo se solucione por algún milagro en lugar de por tomar una decisión con algo de sentido común... Pero todo a gritos y con una violencia desmesurada. Eso sí, no se ve un solo desnudo. Qué lástima.
Y recuerdo cuando era niña. Me llevaron a ver una película una vez (tendría yo cinco o seis años) autorizada para todos los públicos y había alguna escena de violencia, me imagino que no muy explícita. Tuve pesadillas durante mucho tiempo y además, no quería ni por asomo volver al cine porque lo había vivido como real.
Una vez le atizé una buena hostia a un pianista con un paraguas. Sí, es verídico. Por suerte no le afecté órganos vitales, pero lamentablemente, tampoco le sirvió de nada (a mí sí, es evidente mi sentido práctico). Y es una lástima que si te atizan una hostia dolorosa y fuerte con un paraguas no te sirva para nada ni aprendas de la situación. Lo que hizo el pianista en cuestión fue quejarse amargamente frente a personas que, supuestamente, me podían meter en vereda de que yo era una salvaje, pero no se paró a pensar el porqué de la hostia.
La enseñanza de toda esta maravillosa fábula de pianista, sonatas y paraguas, es que si te ves en la situación de tener que dar una buena hostia (lo de pianista es optativo, podéis elegir profesión a la carta), no pienses en el favor que le vas a hacer al otro ni la enseñanza que vaya a recibir a consecuencia del castigo -lo más probable es que no aprenda nada - sino en comprarte un buen paraguas, robusto y resistente, que te aguante la estocada. Que no estamos para andar comprando paraguas nuevos todos los días.
"Si los españoles hablásemos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar."
Esta frase la encontré hace poco atribuída a Manuel Azaña.
Y es eso lo que yo echo de menos: opiniones pensadas. Leo y leo porque me interesa saber qué es eso tan abstracto e intangible de la "opinión pública" y me encuentro con una repetición incansable de tópicos, tanto de los antiguos y decimonónicos como de los modernos. La información que no se ajusta a esos tópicos se escurre. No se capta entre el farfullo incansable.
A veces, encuentro opiniones interesantes en algún lado, porque las hay, pero no suelen llamar mucho la atención. Se pierden empanadas entre farfullos y más farfullos que repiten siempre lo mismo. Con frecuencia, personas que tienen unas opiniones bastante ajustadas a los estándares (ya sean estándares de un tipo como de otro, que los hay variados por eso de poder discutir con los contrarios) hablan con engolamiento de cómo llegaron a esa conclusión, como una de ellas a la que leía ayer y decía que sus opiniones eran fruto de su "experiencia en la vida" y añadía que creía en lo "sublime del ser humano". Nada del otro mundo, pues. Vamos, que no me asombra lo más mínimo que creyera en lo "sublime del ser humano" dado lo sublime de su opinión. Y hay tantas y tantas opiniones sublimes que, evidentemente, la sublimidad es un hecho.
El caso es que mi experiencia en la vida no me da para tener opinión sobre todo lo que se mueva. Me da para ir tirando y poco más. Hay temas que, por interés o causas variadas, conozco un poco, y en ellos sí tengo opinión (subjetiva, claro, porque eso son ls opiniones), aunque muchas veces no una opinión clara e inamovible porque contínuamente aparece información que indica que bien pudiera no ser así, pero la mayoría se me escapan. Para lo básico, eso sí, procuro no dudar demasiado, porque si llueve y dudo sobre si llevar o no paraguas y sus consecuencias éticas al estar fabricado en la India o el impacto medioambiental dado que es un tejido plástico, me puedo pillar una pulmonía, lo cual no estaría mal por eso de tener una mayor experiencia en la vida, pero tendría que reposar en cama con un pijama fabricado en Vietnam, lo cual me suscitaría otra serie de dilemas éticos.
Pero el caso es que está bien leer siempre los mismos tópicos y volver a releer siempre lo mismo porque al final te lo aprendes de memoria y lo rezas por la noche antes de ir a dormir como lo de "cuatro esquinitas tiene mi cama", con lo cual te duermes tan pancho, tan feliz de ser tan sublime, y es mucho menos aburrido que contar ovejitas.
Sr. Azaña, (lo de D. Manuel me da yuyu por eso de los tratamientos de Don, tan clasistas. Boooo...) me temo que enviaré inmediatamente su frase al olvido. ¿Para qué queremos pensar con lo a gusto que estamos así? Ande, no sea aguafiestas.
"Pensaba que si me pasaba el resto de mi vida en la cárcel no perdía nada"
Palabras de un skinhead nazi condenado en Inglaterra por agresiones (y no sé si por asesinato). Me llama la atención esta frase porque indica hasta qué punto esta persona no valoraba su vida. Frustración, frustración que por medio de agresividad descarga en los "otros", aquellos que son negros o de otra raza y, en teoría, harán que la raza blanca desaparezca de la faz de la tierra. Así pues, este skinhead, excusaba la dificultad que tenía en manejar su propia vida en la "maldad" y la "persecución" de los otros. Una excusa perfecta para no verse cara a cara con lo que uno es.
Sin embargo, el cerebro del asunto, un hombre que sonreía beatíficamente, no parecía especialmente agresivo, al menos ante la cámara. Mientras cuatro o cinco skins nazis escuchaban su música de guerra y bailaban una danza agresiva propinándose empujones unos a otros y gritando consignas de forma compulsiva él sonreía observando a sus cachorros, preparados para lanzarse contra cualquier cosa que el jefe considerase "enemigo".
Estos "jefes" son expertos en canalizar la frustración ajena en beneficio de sus propios intereses. Es interesante observar como actúan porque el tipo de personalidad se repite en muchos medios diferentes, no necesariamente en el delictivo o marginal.
"Si no puedes cambiar la sociedad, destrúyete a ti mismo"
Parece ser que esa fue una frase muy en boga hace unos años. Hizo furor y muchas personas se entregaron con fervor a destruírse a si mismos porque la sociedad, evidentemente, no cambiaba tan deprisa, aunque mejoraba discretamente en algunas cosas.
El caso es que el destruirse a si mismos, aunque fuera visto como lo más rabiosamente rebelde, es de lo más convencional, quizás no en la forma, pero si en el fondo. Esta sociedad ha sido durante siglos tremendamente autodestructiva en la obsesión por negar toda una serie de comportamientos que eran catalogados de pecado. Atormentarse, convertirse en un martir, estaba bien visto y, sin embargo, disfrutar era sospechoso de ser "mala persona y mal cristiano".
Por eso me resulta tan curioso que muchos de los movimientos que, en teoría, van en contra de una sociedad establecida perniciosa para sus intereses, no hacen sino reproducir los martirios de esa sociedad, pero con otros pinchos. La autonegación, la autodestrución de uno porque la sociedad es "así" no hace sino conseguir que esa sociedad, además de no cambiar, te venza.
Pero queda mejor la autonegación, la autodestrucción, porque intelectualmente, es mucho más molona. A alguien que disfruta se le puede calificar de que tiene una sonrisa estúpida, porque en teoría los únicos felices son los imbéciles ya que, si tienes un cociente intelectual superior a 90, te das cuenta de que la vida no tiene sentido por lo que mejor amargarse. Lo que ocurre (yo tengo un cociente inferior a 90 y por eso puedo decirlo sin que me cuelguen) es que si la vida no tiene sentido no tienes porque amargarte. ¿Hay que buscarle un sentido a todo para hacer cualquier cosa? Y lo divertidísimo que es el absurdo...
Sin embargo, ir de morros todo el día y amargar la vida con negros pensamientos filosóficos que llegan a la conclusión inevitable de que la vida no tiene sentido, tiene sus ventajas, porque se liga mucho. Da un aura de romanticismo, profundidad y tal, aparte de que indica que, en cierto modo, eres una persona de bien aunque no te laves y vistas raro, porque sufres. Y el sufrir te hace estar en la sociedad de pleno derecho, que para eso hemos venido, para sufrir, con lo cual ya hay un sentido y todos contentos (pero que no se note que en el fondo están contentos).
Con este tema no es mi deseo criticar a las personas que sufren o hayan sufrido una depresión, asunto muy serio, que merece toda mi consideración, sino a aquellos movimientos (los hay a patadas) que contínuamente se ponen de moda como lo más in y que no hacen sino reproducir, en plan moderno (la quincallería ha sido renovada), comportamientos destructivos que llevamos de lastre social durante 2000 años.
"Si no puedes cambiar la sociedad, disfruta de ti mismo" Diría yo, aunque claro, mejor no me escuchéis porque ya he visto que el sufrir mola y voy a poner una tienda para venderos cilicios y otros martirios.
Mejor: "Si no puedes cambiar la sociedad, cómprame un látigo para autocastigarte fabricado en China y por el que voy a sacar un beneficio del 200%, corderito".
Existen unos peces tropicales hembras que al llegar a la menopausia peceril se convierten en machos. Siempre me ha llamado la atención este dato por lo que tiene de extraordinario en la naturaleza, pero el problema no es ése, sino la identificación que hace muchos años (era muy joven y con demasiada imaginación) yo hice entre los peces que mutan el género y ciertas mujeres que, al llegar a cierta edad, se transforman perdiendo el aspecto femenino.
Me llama la atención en ellas el pelo corto y el aspecto descuidado, así como la acumulación de grasa abdominal y la indiferencia con la que se visten. No es una crítica porque creo que cada cual se viste como quiere, pero me da la impresión de que han perdido la sexualidad. Es como una negación de la sexualidad parecida a la que se da en otros grupos sociales, como los adolescentes cuando se niegan a aceptar su cuerpo, las religiosas, los monjes... (Aber me dirá que he puesto puntos suspensivos porque no sé cómo acabar la frase, y es verdad: fallo de memoria. Bueno, que si encontráis alguno más para añadir a la lista me lo digáis)
Algunas de estas mujeres han sido madres, otras no, pero la negación de la sexualidad (al menos en el aspecto) cuando se llega a cierta edad está bien vista de una cierta forma. Digamos que ese aspecto descuidado indica, en nuestros códigos, que son personas muy ocupadas, nada egoístas por haber entregado su vida a los demás (sus hijos, su marido, sus padres, asociaciones benéficas) y con ausencia de narcisismo. Es por eso, posíblemente, por ocuparse contínuamente por los demás, por lo que no encuentran tiempo ni interés en ocuparse de si mismas. Y da la impresión de que, mientras más se niegan a si mismas, más se ocupan.
Y es que esta sociedad ve bien, o ha visto bien hasta hace bien poco, la negación de uno mismo, y eso se nota también en los distintos movimientos, aparentemente rompedores que aparecen entre la gente más joven: góticos, punkies
Andrée Putman, destacada profesional francesa del diseño de interiores dijo el otro día en un reportaje que "El buen gusto limita mucho en las posibilidades de elegir y que una persona obsesionada por el buen gusto lo que hace es limitarse". Añadió que "Por desgracia, mucha gente cree que posee ese buen gusto". Y me pareció interesante su reflexión.
Es curioso que quien diga eso precisamente sea una diseñadora de interiores, que en teoría debe tener buen gusto (lo que sea eso) para satisfacer a su clientela y vivir casi en una perpetua adoración del buen gusto, pero es posible que se deba a la saturación profesional o que fuera una forma sibilina de meterse con sus clientes, ricos y un tanto deseosos de imponer su criterio sobre lo que es ese deseado buen gusto.
Evidentemente, existen ciertos patrones estéticos entre los que nos movemos y rechazamos o aceptamos las cosas. Algunos deben ser viscerales, pero otros son claramente sociales, influenciados por el medio y la moda. Por ejemplo, yo siempre odié los muebles estilo años setenta, porque cuando era niña ya estaban recién pasados de moda, que es la peor época antes de su resurrección como tendencia innovadora. Es posible que influyera el hecho de que esos muebles eran tristes y se habían desgastado muy pronto, por lo que tenían cierto aspecto lamentable. Sin embargo, el otro día me sorprendí, después de haber visitado una tienda de decoración, deseando comprarme una mesa con sillas que imitaba esa época, muy moderna y tal. Y me quedé perpleja, porque es un estilo que siempre había detestado.
Y me pregunto de dónde proviene ese impulso: si durante años me he estado limitando o si ver tantos catálogos de decoración ha acabado por influírme. Y es que yo siempre quise tener buen gusto, eso tan abstracto y tan poco claro, y sin embargo, ahora me pregunto si me compensará intentar tenerlo. Porque he visto tanta gente con "mal gusto" (sí de ese que chirría) llevar cualquier cosa con el convencimiento de que es una preciosidad, y lo mejor: los he visto tan contentos. Sin embargo el buen gusto es un temor perpetuo a que nada desentone, a que no haya nada hortera que nos pueda hacer caer en desgracia. Una esclavitud, vamos. Y a estas alturas de la vida me vale más una sonrisa hortera que un minimalista gesto discreto de buen gusto.
Fotograma de "The pillow book", película de Peter Greenaway con decoración de Andrée Putman.
Esta mañana tuve que tomar un café muy ligero, y como ando totalmente descafeinada desde hace tiempo, me ha hecho más efecto del habitual.Y aquí estoy, despierta, a las dos y media, como en mi mejor época de noctámbula, tomándome una tila doble para ver si entro en sueños.
Y recuerdo cosas que se me venían a la mente hace un rato, cuando intentaba dormirme en la cama: Aquella chica de diecisiete años que conocí hace tanto tiempo en una mercería, por casualidad; su rostro de resignación ante la vida, que me llamó la atención por su mansedumbre... Meses después se casó embarazada de un chico que no le gustaba y con el que salía para dar celos a otro que la tenía loca perdida. Diecisiete años y casada, esperando un hijo de alguien a quien no quería... Resignación ante la vida. ¿Qué vida? Otra historia más de esas que dan pavor.
Yo también tenía entonces diecisiete años. Y era ambiciosa. Sabía que la vida no me iba a vencer, así, tan pronto, quizás con los años, como tambien es lógico. Veía caer, a mi alrededor, a chicas embarazadas como chinches. La Esmeralda, por ejemplo, orgullo de su madre porque, según ella, era la única chica decente de los alrededores, cuando, escuchando al cotilleo vecinal, era una adicta a los servicios de las discotecas y al asiento de atrás... La Anabel, que habiendo sido vapuleada por un padre alcohólico en la infancia, se dió a las drogas y se preñó de un pobre crío, vástago de una de estas familias de marginalidad y analfabetismo endógenos. Miseria originando más miseria.
Como es normal, tuve alguno que otro novio, pero me duraban poco. Como mucho un par de meses. Me aburrían mucho. No tenían conversación ni sueños. Pura hormona que eran los pobres, pero hormona aburrida, (las hay con gracia y eso). Y yo siempre he sido un tanto escrupulosa y no me he dejado sobar por hormonas aburridas. Además, no entendían que yo quisiera estudiar una carrera porque, para la vida que ellos imaginaban, eso no hacía falta. Y es que me imaginaban una vida que se parece más a un calvario que otra cosa. Así que, antes de la presentación a la familia política solía darme el yuyu y lo dejábamos "de mutuo acuerdo mío", claro, porque a ellos les sentaba mal por eso del orgullo herido y a mí me daba reparo dejarlos así: pero enseguida encontraban sustitución adecuada a sus necesidades y en unas semanas ya andaban hormoneando con otras más dispuestas y enamoradas y eso. Mi hermana me decía que yo era cruel. Sí, es posible, aunque si me hubiera dejado llevar por la inercia la vida sí que hubiera sido cruel conmigo.
A los diecisiete años, entonces, en el medio en el que yo me movía, una chica "sin novio" era una "solterona" en potencia, por lo que, la mayoría de ellas se agarraba al primero que pillaba, aunque no le gustara demasiado, por eso de que más vale pájaro en mano (no seáis mal pensados, es una metáfora sin mensaje subliminal) que ciento volando. Ellos se agarraban a las tetas, en un intento de volver a la lactancia perdida y soñada, y les solían valer todas, sobre todo si eran orondas y abundantes. En fin. Y yo con diecisiete años y "solterona".
A los dieciocho ya había salido de allí para siempre, para no volver. Ambición, lo llamaban. Supervivencia, lo llamo yo.
¿Por qué a los diecisiete años ya han consumido su vida? Eso sí es cruel.
Y allí estaba en la pantalla. El Papa en Lourdes. Hablaba un francés incomprensible debido a su extraordinaria dificultad para mover los músculos faciles. Se cansaba tanto que parecía que en cualquier momento iba a dar las boqueás.
Vestidito de blanco, con oros en el caperuzón ese (mitra, creo que se llama) que le ponen encima de la cabeza por eso de que es Papa. Con varias capas de ropa cubriendo su cuerpo en un día de calor, por eso del sufrimiento, que hay que sufrir para ganarse el cielo.
Y los peregrinos orando y poniendo los ojos en blanco de fe, éxtasis y demás orgasmos católicos.
Será Santo, sí. Santo por haberse aferrado al poder durante años. Santo por haber mostrado lo que sufre y cómo sufre (insdispensable). Santo por negarse a aceptar cosas tan reales, de vida terrena, no de cielos etéreos y necesarias, como los anticonceptivos y la homosexualidad. Santo porque La Iglesia, bajo su mandato promueve una cosa tan absurda y antinatural como la abstención en las relaciones sexuales en lugar de repartir preservativos en sus parroquias. Santo porque, en lugar de ayudar, desde su influencia mediática a que los católicos de países subdesarollados tengan acceso a los anticonceptivos con el fin de tener menos hijos y poderse ocupar mejor de ellos, y a los preservativos, en concreto, con el fin de no contagiarse el Sida, les viene a decir, que además de pobres y explotados tampoco follen y se pasen la vida sufriendo porque así lo decide un tal Dios que pasaba por aquí y creó el mundo para que se le hiciera la pelota en plan todo el día rezando y alabándolo. Hay que ser perverso, por mucho que se sea un viejo gaga e indefenso.
Dentro de diez años los cantantes poblarán la tierra. Todos serán artistas y nos deleitarán con versiones a todo pulmón de los últimos éxitos de Bisbal, King Africa, Thalía y demás seres absolutamente imprescindibles en una vida que se precie.
Porque, no lo vamos a negar, el futuro está en cantar. Ya no hace falta aprender a leer y escribir, sino a cantar. Se pueden aprovechar los primeros berridos desde la cuna para que el niño salga cantante y se le lleve a un concurso televisivo donde nos deleite cantando el último éxito pachanguero a grito pelado mientras los orgullosos padres aplauden a su retoño y consiguen así el éxito que ellos nunca tuvieron antes de la existencia de OT. El maná: OT.
No nos engañemos. Ya no habrá cajeras de supermercado, ni electricistas, ni fontaneros, ni siquiera policias ni azafatas. Todos cantantes, o en su defecto, Top Model. Y escucharemos sus voces y sus discos incansablemente por los altavoces de los centros comerciales con cajeros robotizados. Y cuando busquemos un médico nos dirán que está de gira, cantando, y ni un sólo contable quedará en una empresa porque estarán todos grabando en un estudio mientras se menean a lo Elvis.
Y la vida será música. Cuando salgamos a la calle veremos una interminable coreografía de Britneys y Bustamantes que tomarán los semáforos al asalto cantando los últimos éxitos de la radio. Y hasta los delincuentes robarán a la Bisbal, moviendo los rizos al ritmo latino y cantando Bulería en cuanto entren en un banco para atracarlo.
Todos cantantes y felices. Ni planes económicos, ni gestión, ni intento de desinflar la burbuja inmobiliaria ni leches. Cantantes.
Antes que OT llegara a nuestras vidas no éramos nadie ni sabíamos el glorioso futuro que nos esperaba.
Te alabamos, oh, OT.
(Y esto lo digo vestida de Hare Krishnah, que me acabo de convertir, aunque todavía no me he rapado las lanas)
Ya lo he comentado con unas cuantas personas diferentes: esa actitud que se ve tan a menudo de dos personas que se pelean, se dicen lo peor de la forma más zafia y humillante, se insultan con ensañamiento, se odian , y luego se reconcilian y son amiguísismos, se adoran, se aman, se masturban en una contínua loa y se lo pasan muy bien entre ellos.
El problema es cuando te confunden con el jamón y queso del sandwich y te quieren empanar enmedio. O cuando uno se cree jamón y queso por nacimiento y se empana voluntario en la pelea, casi siempre absurda, estúpida y surrealista a más no poder, pero con empaques de honores perdidos, grandes valores y autoridades morales varias. Y mientras insultan con saña piden respeto y dicen que respetan. Sí. Es que el respeto es eso, el insultar de la forma más cruel y humillante, que algunos (los que nacimos con complejo de jamón y queso) aprendimos mal el significado.
Yo fui jamón y queso. Creía que era lo que estaba bien. Me enseñaron a ser jamón y queso. Podían haberme enseñado a ser gamba al ajillo o calamar en su tinta, pero lo del sandwich estaba de moda en los años en los que recibí mi flamante educación. En fin.
Ahora, tras derretirme, me he convertido en mayonesa. Y me escurro del sandwich, me caigo sobre el plato, no por especial habilidad, sino por la ley de la gravedad y eso, y también porque me derretí ya de tantos sandwiches variopintos por los que he pasado.
Hace poco observé otra vez por estos mundos virtuales la actitud de personas, que, insultándose públicamente de la forma más soez y humillante, luego pasaban a babear juntos en un ejercicio de bondad y sensibilidad onanista de lo más interesante. No lo pude evitar y cerré la página del foro que estaba viendo. Tengo cierto pudor, lo reconozco, para observar detenidamente esas masturbaciones públicas. Me dan mucho asco. No sé si porque soy un poco burguesa y no me gusta eso de que salpiquen el parquet y manchen la tapicería. Prejucios, claro, porque hacer eso es de lo más normal.
El caso es que los que disfrutan realmente la situación son los panes, porque el jamón y queso acaba bien machacadito enmedio y además se le suele culpar por no haber estado a la altura. Ni siquiera le quedan fuerzas para masturbarse con el respeto (gran masturbador donde los haya)y eso, que debe dar mucho gusto, por lo que se usa, claro.
Ya lo he dicho. Se acabó mi época de jamón y queso. Ahora soy mayonesa.
Es inútil. Inútil pretender que los demás, ese ente ajeno y abstracto que a veces se presenta en bloque, como un todo, aunque sea tan sólo la subjetividad la que nos hace verlos así, cambien de forma de actuar o parecer. Y a veces, se antojan tan estúpidas esas formas de actuar y esos pareceres tan imbéciles, que no somos capaces de entender que suelen obedecer a razones más poderosas que ellos mismos. Razones de años y años, acumuladas cuales sedimentos, que no son perniciosas para los otros a no ser que te pillen enmedio, sobre todo cuando esas razones, subjetivas y de vivencia personal, se convierten en el estandarte de "lo que debe ser para todo el mundo".
El caso es que no te pillen enmedio. Evitar el efecto sandwich y terminar empanada entre la poderosísima razón jamón de york, la obligación moral del queso
Subíamos a Agios Georgios, un monte perdido en una isla griega, para ver una ermita en lo alto (la verdad es que la ermita me interesaba bien poco, pero el camino me gustaba por lo frondoso del paisaje y porque me gusta andar) cuando nos encontramos una serpiente en el camino. Era enorme, de casi dos metros lo menos. Me quedé paralizada en el instante. Le avisé. Él se llevó un susto y le dije que se retirara un paso y se quedara quieto. Tras unos instantes, la serpiente, a la que tampoco le gustábamos nosotros, se retiró yendo a esconderse sinuosamente en unos arbustos y nosotros continuamos el camino con desconfianza, mirando bien el camino por el que pisábamos no fuera a ser que nos encontrásemos con otra sorpresita.
Tras un rato, y dadas mis pocas ganas de caminar en esas condiciones, decidimos bajar, con lo que nos encontramos con un guardia forestal que estaba bastante pirado ("pirofilos", se dice guardia forestal en griego) y nos acompañó hasta el final del trayecto hablándonos en un inglés mezclado con griego y otros cuantos retazos de idiomas existentes o por existir, de cosas peregrinas, entre otras de Julio Anguita, lo que me dejó bastante perpleja. ¿Cómo un guardia forestal pirado que no sabía donde estaba "Ispania" (al principio dijo que estaba al lado de Suiza hasta que la identificó al lado de Portugal), que trabajaba en un monte perdido, en las profundidades de una isla griega bastante profunda, nos hablaba de Aznar, Zapatero, y Anguita? En fin, que casi me da más miedo el guarda que la serpiente. Lo sobornamos al llegar al coche dándole una fruta, que menos mal, no pensó que estuviese envenenada.
El caso es que siempre he creído que mi miedo por las serpientes era un prejuicio educacional. Eso me dijeron. No puedo soportarlas y me paralizo en cuanto veo una de ellas. Y claro, he escuchado de todo, que si era una influencia de la Biblia por lo de Adán y Eva (tuve educación laica y ni siquiera he hecho la comunión), que si era miedo fálico (tampoco es que me den mucho miedo y tal), que si era un prejuicio etc.
Y el otro día, viendo Redes (reconozco que me he aficionado al programa del Punset), Jesús Mosterin, filósofo, dijo que el miedo a los reptiles y las serpientes, concretamente el quedarse paralizado, es "genético", o sea, un miedo necesario para la supervivencia, al menos en los años en los que éramos monos y nos encontrábamos con serpientes. Un miedo primario, vamos. Y yo toda la vida escuchando lo del símbolo fálico y tal cuando se trata de un miedo que tiene millones de años de existencia y que es anterior a Freud, la Biblia y el psicoanálisis. ¡Hay que joderse!
El caso es que he conocido personas, entre ellas mi madre, que no tenían ningún miedo por las serpientes e incluso les gustaban. Mi madre me contaba que en verano, en el campo donde pasaba sus vacaciones, se ponían culebras a modo de cinturón para refrescarse, costumbre también "arraigada" en China, porque una amiga de esta nacionalidad me dijo que también hacía eso. Me temo que no he heredado los genes maternos en este caso porque a mí me da un yuyu tremendo, pero le estoy muy agradecida a Mosterin por su aclaración al respecto de este miedo en concreto. En Boulesis (mis enlaces) hay una entrevista realizada a Mosterin en la que cuenta, de una forma superficial, porque el tiempo no daba para más, cosas interesantes. Un descubrimiento, este hombre, al menos para mí porque dice lo que me gusta oir, claro.
Hace ya tiempo que he decided changer mi lenguaje, que no es cool y se está quedando un tanto desfasado. Pensé en usar sólo la Y, por ser más masculina y tal, que me mola con rabito, pero lo deseché porque somebody me dijo que no se leía bien. También llegué a pensar en write only con q, por eso de hacerles la concurrence a los Kaístas (et parce que también es muy masculina por ese rabito tan gracioso ), pero tendría el mismo problem que avec la Y, que nievozmozhno lire bien.
Alors, tras mucho think about it, (por supuesto, ¿qué pensais?) he optado pour adopter un lenguaje mezhdunarodni, o sea (un pijotismo, por fin) hablar conforme a un ambiente multiculti y cool, international y tal. Así que I think meter anglicismos a punta pala, galicismos, rusismos, pijotismos, coolismos y todos los ismos que hagan falta para molar mogollón. Because ya que una es snob, hay que serlo avec toutes les consequences.
Encore estoy en un periodo perestroiko, pero this va a evolucionar, I'm uviérena. Además, entre mis planes está el nombrar a Bukowski cada tri palabras a Boris Vian chaque five y a Baudelaire cada ocho. Da, y todo je le fais en contre del imperialismo. Because tengo convicciones y that.
Llega un momento en el que, de repente, te miras y te das cuenta de que te has convertido en olvido. Ya eres un olvido más, un recuerdo almacenado en algún desván, o quizá un objeto, que si antes tenía cierto brillo por la novedad, ya se pasó de moda.
Y hay que acostumbrarse a ser olvido, aunque es algo a lo que nunca nos querríamos acostumbrar. Nosotros también olvidamos. Todos lo hacemos. Quizá como forma de salir adelante o quizá porque no somos perfectos, ni cumplimos a rajatabla toda un serie de promesas, de grandes promesas que hacemos en ese segundo mágico en que que creemos que tendremos la capacidad de cumplirlas. A veces nos toca ser olvido, y a veces olvidar.
En el desván se van acumulando olvidos, como pequeños juguetes gastados e incompletos. Rara vez subo al desván a mirar esos objetos porque hay que apartar las telarañas. Y sé que estoy en algunos desvanes, también con telarañas y ese olor a humedad envejecida.
Olvido, palabra triste. O quizá no sea la palabra lo triste, sino el hecho de que nos gustaría continuar siendo alguien, cuando no somos ya más que objetos difusos desperdigados sin orden alguno en desvanes diversos.
Tenía que haber estudiado todo el fin de semana, pero no pude. Vino un amigo a vernos y lo llevamos a Holanda y de paseo por por las ciudades más monas de por aquí. Me agoté, claro, porque últimamente estoy que me arrastro. Son tres meses ya sin levantar cabeza en lo físico, demasiado para mí, que estoy acostumbrada a corretear por ahí. Y ayer, mirando los apuntes de los dos exámenes que tenía para hoy, hice crack. Sí, porque sentí que no podía con ellos, que mi estado de cansancio, de malestar y falta de concentración no me permitía hacer un papel mínimamente decente, y para eso mejor quedarme en casa.
Y leí las preguntas de junio del año pasado de uno de los exámenes de hoy: "Problemas científicos y técnicos" y entonces sí que me pregunté qué hacía yo estudiando semejantes chorradas cuando no me sirven para nada ni necesito en realidad otro título universitario. Ejemplos de preguntas:
El crater "Meteor Crater", en Arizona, fue formado hace ............años a causa del impacto de un meteorito de un diámetro de ....... metros. Este crater tiene un diámetro de .........km y una profundidad de ..........metros.
¿En qué cantidad se estima el consumo doméstico de agua en Walonia en 1996? (litro/habitante/día)
O sea (digo lo de "o sea" porque soy de Madriz) que hay que aprenderse una cifras tontorronas, pero no interesa que te aprendas las causas de los fenómenos ni que aprendas lo que es la ciencia en sí. Más o menos es como jugar al Trivial. Y vi un desperdicio de tiempo, de energías y de recursos. Esas energías que me faltan, precisamente.
Aún así, aún sabiendo que no me estoy perdiendo nada y que si no puedo con mi alma es bien difícil que pueda aprenderme todas esas chorradas que tienen como única finalidad la adquisición de un título que no garantiza, ni mucho menos (visto lo visto), unos conocimientos, me siento mal. Sí, siento que no estoy cumpliendo con mis deberes. Y es una sensación extraña, porque me parece haber regresado al colegio, a los maestros que recriminan, cuando hace ya un montón de tiempo que soy adulta y tomo mis decisiones por mi misma, o eso creo.
No sé quién estaba el otro día hablando por ahí de valores y principios y lo que mola tenerlos y heredarlos. A uno se le llena la boca de orgullo racial en cuanto pronuncia estas palabras mágicas. Yo también quiero unos, que no estén muy mal de precio y no encojan al primer lavado. Porque eso es lo que tienen los principios, que son muy blanquitos y se ensucian enseguida. Y al lavarlos encojen un montón, y se vuelven a ensuciar además al primer revolcón por el barro.
Y bueno, que encojan se puede soportar si uno no se pone a engordar mucho, pero hay algunas manchas que resisten, las jodidas. Y los detergentes convencionales, nada, que no hacen milagros. Y siguen las manchas ahí, y uno tiene que intentar cambiar de principios o heredar otros, que mola eso de que le salgan antepasados a uno con principios antiguos y tal. Lo malo es que cuestan un montón, y lo peor es saber llevarlos, porque para llevar unos principios relucientes uno tiene que estar muy convencido de que son lo mejor que hay, claro, y desechar los antiguos. Es como la moda.
Ando buscando un detergente para principios que quite las manchas y respete las fibras, y ya puestos, que no sea nocivo para el medio ambiente. Es por eso de ahorrar y tal. Que no estamos para dispendios de andar cambiando de modelito de principios cada dos por tres. Si no hay detergente adecuado no me compro los principios, por eso de que para llevarlos sucios mejor ir a pelo, que es más ecológico y natural.
Todo es arte, sí. Estoy convencida de ello. Y mi vida es una obra de arte, eso por supuesto. Porque todas las vidas son obras de arte. Así que cualquier cosa que haga es arte y no me lo discutáis, por favor, que todos somos unos artistas.
Por ejemplo, esta mañana estaba vomitando, y mientras casi se me salía el estómago por la boca pensaba que estaba haciendo una obra de arte y que era una lástima no tener una cámara de vídeo digital para inmortalizar el momento y que todos lo pudieran compartir. Porque fue un momento único, de una transcendencia sublime, que evidenciaba la desesperación humana y el sufrimiento del ser ante su destino cruel e incierto.
Y si añadimos al sufrimiento del exceso de ácido clorhídrico el sufrimiento de artista incomprendida tenemos una tragedia. Y si además añadimos la impotencia que se siente al no poder expresar delante de un público, deseoso de ver y sentir el arte, el momento transcendental del vómito por falta de medios técnicos ya tenemos una agonía, lo cual es aún más artístico, claro.
Se perdió para el futuro de la humanidad un momento único. Es un daño irreparable que las futuras generaciones lamentarán. Qué dura es la vida del artista.