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grullas

Me estoy perdiendo el sol

O Lord in Thee have I trusted,
Let me never be confounded.

(Ambrosian hymn)

Me estoy perdiendo el sol y sé que ahora no puede ser de otra forma. Lástima de sol desaprovechado tras los cristales. La espera, esa larga e innecesaria espera ha hecho una fuerte mella en mí y me costará recuperar la confianza y la forma. Si hay una próxima vez, seré yo quién exija la rapidez y los tiempos. Demasiado tiempo.

Tiempo que se va, que se escapa dolorosamente, como agua que fluye y no vuelve. Tiempo que siento robado a mano armada. Tiempo que ha paralizado mis otros tiempos aunque yo haya hecho un esfuerzo considerable por llevarlo lo mejor posible.

Me estoy perdiendo el sol.

A veces me gustaría ser totalmente inconsciente y no tener en cuenta todos esos parámetros que tengo que tener en cuenta ante una situación así. No puedo. Pesa mucho la enorme responsabilidad, sí, esa palabra, y el miedo, claro.

Me estoy perdiendo el sol y hoy no puede ser de otra forma.

Escucho música religiosa porque me tranquiliza. Es una de las contradicciones que nos hacen la vida más llevadera a los agnósticos.

Me estoy perdiendo el sol. Sí, efectivamente.

Es inútil. Inútil pretender que los demás, ese ente ajeno y abstracto que a veces se presenta en bloque, como un todo, aunque sea tan sólo la subjetividad la que nos hace verlos así, cambien de forma de actuar o parecer. Y a veces, se antojan tan estúpidas esas formas de actuar y esos pareceres tan imbéciles, que no somos capaces de entender que suelen obedecer a razones más poderosas que ellos mismos. Razones de años y años, acumuladas cuales sedimentos, que no son perniciosas para los otros a no ser que te pillen enmedio, sobre todo cuando esas razones, subjetivas y de vivencia personal, se convierten en el estandarte de "lo que debe ser para todo el mundo".

El caso es que no te pillen enmedio. Evitar el efecto sandwich y terminar empanada entre la poderosísima razón jamón de york, la obligación moral del queso

A mi teclado

No sé si echaré raíces en esta silla de respaldo azul. Lo dudo, porque nunca eché raíces en ninguna parte y creo que ya es un poco tarde. Pero no me quiero levantar.

Toco el teclado y paso mis manos sobre él. Lo acaricio despacio, como si fuera a sentir el roce de mis dedos de una forma sensual. Ayer me pinté las uñas y están brillantes con su esmalte transparente, como a mí me gustan. Él siempre me dice que debo cortarme las uñas, que no le gustan largas porque teme que le dé un zarpazo. Pero yo no renunciaré facilmente a mis zarpas a pesar de los miedos ajenos (no totalmente injustificados).

Parece mentira que un teclado, algo tan inherte y prosaico, sea ahora lo que me procure mayor bienestar. Me hace pensar en otras cosas, salir un poco de mí, de esta espera interminable, de estos días de lluvia, nubes y preocupaciones. Y ya escucho las críticas de "pasas demasiado tiempo en internet", pero también las críticas de "no pienses en cosas que te atormentan", "no hagas", "no digas", "no respires, no sea que sea malo para la salud". Cualquier cosa es susceptible de ser criticada, pero no se dan alternativas factibles que calmen el caldero hirviendo que se cuece bajo esta carcasa de rizos.

Internet, a veces, puede ser una pesadilla, pero también es un soplo de aire, una ventana abierta en una habitación viciada. Esperar día tras día, durante casi un mes, una noticia que te dé la vida o te hunda en la miseria es mucho más cruel, mucho más perjudicial y peor para la salud que quedarse atontada chateando estupideces durante horas. Al menos, esas estupideces son analgésicos, mientras que la espera te mina por dentro.

A mi teclado, Logitech inálambrico (de vez en cuando le cambio las pilas), por las horas de complicidad en estos viajes que nos montamos fuera de una realidad que, a veces, no puedes vivir sin una ayudita de la imaginación, del más allá de otros mundos lejanos. A mi ratón, redondito y cómodo, que se deja manejar con suavidad mientras nos desplazamos veloces, con una sonrisa en la mirada atenta, por los vericuetos de un hierático monitor plano, que se exhibe como mascarón de proa.

A vosotros, los que me leéis y a veces respondéis, que estáis ahí y os siento cerca, como si los píxeles, en realidad, fueran vuestras células. Gracias.

Grisaille

Y el frío. La lluvia. 15 grados de un día gris e indiferente.

Parece que al día le importase poco mi suerte, o es que a mí, en este momento, me puede la indiferencia y el hastío. Es el no poder hacer nada, el que la suerte esté echada. Porque es eso, suerte. Y luego habrá que pensar que las cosas son así porque no podían ser de otra forma. Destino. Ya.

Nos convenceremos de lo que haya que convencerse. No hay problema. Ya lo hemos hecho otras veces. Al fin y al cabo, las convicciones son lo de menos, unas vienen y otras van en forma de principios, grandes sentimientos y demás inventos. Lo que importa es volver a sonreir cuando se pueda. Porque se podrá, sí, y lo digo con rabia.

Vienen recuerdos difusos del pasado. Mentiras, incongruencias, imágenes, olores, calor, frío, errores. El sol de Castilla cayendo a plomo en la hora de la siesta. Una yegua de raza árabe a la que le dábamos terrones de azúcar si se portaba bien. Un olivo enorme, de quinientos años, bajo cuya sombra he pasado tantas y tantas tardes de verano en las que me aburría mirando el campo y ahuyentando tábanos. El alfabeto cirílico en una enciclopedia. Makarenko. Caballetes y cuadros pintados al óleo. Piedras grises cubiertas de líquenes y musgo. Lovecraft y el miedo. Un manantial cubierto de zarzas. La búsqueda de una calzada romana que debía pasar por allí pero que no se encontraba por ninguna parte. Kazantzakis y el horror. Un collar de coral al cumplir los quince años, que llegó de parte de una señora filósofa, como tradición familiar. Goethe y las lágrimas por el Werther. Caminos de tierra. Piedras sílex. Un hacha en mi mano derecha con la que cortaba ramas. El sonido del látigo chasqueado en el aire. Un viejo rifle, siempre descargado porque "las armas las carga el diablo". Una escopeta de caza con la que aprendí a disparar apuntando sobre la E de una lata de Ertoil colocada en un olivo. La "Tizona", su reproducción, colgada en la pared. La Vía Láctea.

Un gato que se colaba por la noche (¿quién sabe por dónde?) y amanecía dormido a mis pies. Luciérnagas al caer la tarde festejando alrededor de una encina. El vuelo de algún águila planeando y mi fascinación. Charolesas. El fuego y las ascuas. Manon Lescaut y el prejuicio. Tabúes. Conversaciones interminables que llegaban siempre a la conclusión que el más fuerte quería. "Tienes que estudiar Derecho". "No quiero estudiar Derecho". Interminables conversaciones sobre Derecho Romano. Mareas negras.

Rabelais y la risa. Un extraño amanecer con una luz azul y violeta. La radio a pilas. Voltaire y no hay vuelta atrás. Una biblia que nunca leí. Contraventanas cerradas. Un octógono. La palabra y el saber usarla. La acusación. La defensa. El banquillo. El abandono. Preguntas, dudas, manipulación.

La risa. Nadie pudo con ella. La risa, siempre.

Castillo de naipes

Exhorcizar el miedo mediante palabras. Palabras que se lo lleven todo enganchado en cada fonema, en cada trazo de letra, en cada sílaba.

Lo alucinante es cuando el que más miedo tiene y el mayor implicado en el asunto se ve en la circunstancia de tranquilizar a los demás, porque el miedo ajeno, puede alimentar aún más el propio miedo, y hay que pararlo, como sea, aunque sea en apariencia.

Triple trabajo: luchar contra el propio miedo, luchar contra el miedo ajeno, y tragarse el propio miedo. Callarse.

Se supone que no debes tener miedo porque no hay que tenerlo, pero lo tienes. Y te dicen que no lo tengas aquellos que también lo tienen. Pero su tono es tan poco convincente que te da aún más miedo y tienes que convencerlos que de tú no tienes miedo para que ellos, al menos en apariencia, se tranquilicen y cambien el tono. Y con esa flema conseguida a base de miedo pasas por no tener miedo, pero lo tienes. Y además, encima, tienes rabia.

Qué maravilla de sistema de fortalezas apuntaladas unas en otras. Castillo de naipes.

Aquí lo digo porque debo decirlo en alguna parte, por eso de si las palabras sirven para exhorcizar algo, ojalá. Estoy serena, tranquila, resignada, pero tengo miedo. Miedo irracional, estúpido o lo que sea, pero mi miedo. Existe, y no lo voy a negar porque negar la evidencia sería mentirme a mí misma, algo que procuro hacer lo menos posible aunque a veces también tenga que recurrir al autoengaño, por eso de la supervivencia y tal.

Tengo miedo y reivindico mi derecho a tenerlo.

De ofidios y tal

Subíamos a Agios Georgios, un monte perdido en una isla griega, para ver una ermita en lo alto (la verdad es que la ermita me interesaba bien poco, pero el camino me gustaba por lo frondoso del paisaje y porque me gusta andar) cuando nos encontramos una serpiente en el camino. Era enorme, de casi dos metros lo menos. Me quedé paralizada en el instante. Le avisé. Él se llevó un susto y le dije que se retirara un paso y se quedara quieto. Tras unos instantes, la serpiente, a la que tampoco le gustábamos nosotros, se retiró yendo a esconderse sinuosamente en unos arbustos y nosotros continuamos el camino con desconfianza, mirando bien el camino por el que pisábamos no fuera a ser que nos encontrásemos con otra sorpresita.

Tras un rato, y dadas mis pocas ganas de caminar en esas condiciones, decidimos bajar, con lo que nos encontramos con un guardia forestal que estaba bastante pirado ("pirofilos", se dice guardia forestal en griego) y nos acompañó hasta el final del trayecto hablándonos en un inglés mezclado con griego y otros cuantos retazos de idiomas existentes o por existir, de cosas peregrinas, entre otras de Julio Anguita, lo que me dejó bastante perpleja. ¿Cómo un guardia forestal pirado que no sabía donde estaba "Ispania" (al principio dijo que estaba al lado de Suiza hasta que la identificó al lado de Portugal), que trabajaba en un monte perdido, en las profundidades de una isla griega bastante profunda, nos hablaba de Aznar, Zapatero, y Anguita? En fin, que casi me da más miedo el guarda que la serpiente. Lo sobornamos al llegar al coche dándole una fruta, que menos mal, no pensó que estuviese envenenada.

El caso es que siempre he creído que mi miedo por las serpientes era un prejuicio educacional. Eso me dijeron. No puedo soportarlas y me paralizo en cuanto veo una de ellas. Y claro, he escuchado de todo, que si era una influencia de la Biblia por lo de Adán y Eva (tuve educación laica y ni siquiera he hecho la comunión), que si era miedo fálico (tampoco es que me den mucho miedo y tal), que si era un prejuicio etc.

Y el otro día, viendo Redes (reconozco que me he aficionado al programa del Punset), Jesús Mosterin, filósofo, dijo que el miedo a los reptiles y las serpientes, concretamente el quedarse paralizado, es "genético", o sea, un miedo necesario para la supervivencia, al menos en los años en los que éramos monos y nos encontrábamos con serpientes. Un miedo primario, vamos. Y yo toda la vida escuchando lo del símbolo fálico y tal cuando se trata de un miedo que tiene millones de años de existencia y que es anterior a Freud, la Biblia y el psicoanálisis. ¡Hay que joderse!

El caso es que he conocido personas, entre ellas mi madre, que no tenían ningún miedo por las serpientes e incluso les gustaban. Mi madre me contaba que en verano, en el campo donde pasaba sus vacaciones, se ponían culebras a modo de cinturón para refrescarse, costumbre también "arraigada" en China, porque una amiga de esta nacionalidad me dijo que también hacía eso. Me temo que no he heredado los genes maternos en este caso porque a mí me da un yuyu tremendo, pero le estoy muy agradecida a Mosterin por su aclaración al respecto de este miedo en concreto. En Boulesis (mis enlaces) hay una entrevista realizada a Mosterin en la que cuenta, de una forma superficial, porque el tiempo no daba para más, cosas interesantes. Un descubrimiento, este hombre, al menos para mí porque dice lo que me gusta oir, claro.

Entrevista con Jesús Mosterin I

Entrevista con Jesús Mosterin II

Shqipëria

No sé que pintaba yo allí. El caso es que fui, quizá porque estaba muy cerca y el morbo y la curiosidad pudieron conmigo. Albania a poco más de seis millas.

Sabía que iba a ver pobreza, miseria y atraso. Lo sabía como lo sabíamos todos los que nos montamos en el barco de tripulación griega. Íbamos a ver eso. Para qué nos vamos a engañar diciendo que íbamos a contemplar la belleza de un país y sus tradiciones. Íbamos a contemplar los resultados devastadores de cuarenta años de aislamiento. Devastadores.

La costa sur albanesa, pelada, árida y montañosa, no tiene un particular atractivo a cerca de 35ºC. Desde el barco se veían los búnkeres que el dictador comunista hizo construir a lo largo de toda la costa para protegerse de una (improbabilisíma) invasión griega. Un país plagado de búnkeres, aislado del resto del mundo, y creyendo que los demás estados occidentales lo iban a invadir en cualquier momento.

Arribamos a Sarande, ciudad albanesa. Al acercarnos me dió un escalofrío. Edificios viejos, que se caen a pedazos, comparten vecindad con esqueletos y esqueletos de hormigón, de la construcción de hoteles en masa que se está llevando a cabo a marchas forzadas. Dicen que su futuro es el turismo. Pero aquello es feo, rematadamente feo. Y me dió pena de que fuese tan feo porque por mucho empeño que pusiera la guía en decirnos lo encantadora que era la ciudad, allí lo único que llamaba la atención era la miseria. Y la guía nos miraba buscando aprobación para que dijéramos que sí, que es un país hermoso que ha sufrido mucho. Pero lo de hermoso no se veía por ninguna parte. El sufrimiento sí, claro.

Y allí estábamos, una panda de guiris que no podíamos salirnos de un recorrido establecido porque era peligroso. Nos contó la chica que muchos albaneses están armados, que tienen fusiles y pistolas en sus casas para defenderse. También nos iba explicando, mientras yo observaba los arcenes de la carretera, llenos de basura, arrojada probablemente desde coches en marcha, que su futuro es el turismo y que tenían gran confianza en los albaneses que volvían del extranjero con dinero para invertir en hoteles y que habían estudiado y aprendido. Y pasaban mercedes, y más mercedes, llenos de gente hosca. Mercedes que han sido robados en otros países, porque trabajar como obrero en una fábrica (que es lo que hacen la mayoría de los inmigrantes albaneses en Europa) no da para comprarse un mercedes último modelo, sino para ir tirando. Tampoco da par construir un hotel de lujo con materiales importados. Para eso viene mejor el dinero de la trata de blancas, de la droga, de los robos a mano armada. Mafia. Palabra prohibida. La guía sonreía como un conejillo cuando algún turista ingenuo la pronunciaba, y hablaba en inglés de "corrupción," pero no ponía en sus labios la palabra tabú. Yo callaba.

Estábamos allí porque la mafia nos lo había permitido. Habíamos pagado por estar allí, de hecho. Íbamos a ver miseria. Y ellos, que lo saben, quieren que gastemos en sus hoteles, porque tienen la esperanza de que veamos hermoso lo que ellos nos dicen que es hermoso. Porque los turistas somos idiotas, ganado, claro. E igual que nos ordeñan los griegos en sus hermosas islas, también nos pueden ordeñar ellos en sus playas peladas.

En el campo no había apenas basura. Los campesinos, extremadamente pobres y vestidos a la usanza tradicional, montados en bueyes, miraban de otra forma. Miraban como miran los campesinos en todas partes. Con esa mirada resignada, con ese apego a sus tradiciones como única forma de vivir. Pero el campo, sin ser hermoso, tenía por lo menos la dignidad de la limpieza, de las miradas claras, de los campos de cultivo más o menos cuidados, de la supervivencia a pesar de. Y no tiraban basura con desprecio desde mercedes en marcha. Sí, no eran ellos.

Y la guía confiaba en los hoteles que se estaban construyendo y esperaba que fuésemos. Mientras tanto, en la calle, niños descalzos se acercaban a pedir dinero. Nos lo pedían a nosotros, de una forma pesada e insistente, no a los propietarios de los flamantes mercedes, señores "educados" en el extranjero que traen sus "conocimientos" al país. Mafia. Sí, la palabra prohibida.

Y es paradójico que la Mafia, que controla el país por completo y que impone su dictadura de terror, sea el nuevo yugo y al mismo tiempo, la esperanza de miles de personas. Creen que conseguirán desarrollar su economía así.

Me fui en el barco con una extraña sensación de cosas que no cuadran. De contradicciones, de paradojas, de sentimientos encontrados. Me alegré de no haber nacido allí. Eso era lo único que tenía claro cuando, de camino a la costa griega, dejé atrás Shqipëria.

DSCH

DSCH

Decía Dmitri Shostakovich que le gustaba el fútbol porque el estadio era el único sitio donde podía gritar lo que realmente sentía. Por lo menos, podía manifestar su alegría o su decepción ante las victorias y los fracasos de su equipo. El resto del tiempo era estrechamente vigilado, hasta el punto de que cualquier palabra o gesto poco afortunado podía convertirlo en un "enemigo del pueblo".

Anoche lo ví hablar en una grabación televisiva. Su voz aguda, tímida, casi ahogada, desgranaba un discurso al uso de los años del miedo y las purgas de Stalin. Leía a una velocidad vertiginosa, sin equivocarse en un sólo fonema, un largo discurso del partido, como si quisiera que ese momento pasase pronto, lo antes posible, como si fuese un trámite tremendamente incómodo, sin ningún tipo de interés en convencer a nadie y escondiendo su mirada huidiza, insegura y asustada tras sus gafas de pasta negra. Miedo. Rezumaba miedo.

Anteriormente, he leído por ahí críticas a la figura de este compositor, uno de los más grandes del siglo XX (para mí el más grande, aunque es algo subjetivo, claro), en referencia a su negativa a enfrentarse al régimen de Stalin. Esas críticas, como de costumbre, se hacen desde el punto de vista de aquellos que, cómodamente instalados, nunca tuvieron que vivir bajo el régimen de Stalin, y con la distancia y la tranquilidad que da una vida en la que se puede hablar de muchas cosas sin peligro de que te deporten a Siberia o te fusilen. Así es más fácil. Siempre es mucho más fácil.

Y es que se supone que Shostakovich, aparte de componer, debía ser un héroe, y morir acribillado en consecuencia. No podía tener miedo. No podía tener el miedo que todos tenían y que bloqueaba a la gente hasta el punto de que, por temor a la delación, les hacía vivir en un rico y claustrofóbico mundo interior. El silencio.

Dice Volkov en la biografía de Shostakovich que, tragándose el miedo y los sapos diarios en sus conversaciones con el todopoderoso y acerado Stalin, era alguien capaz de regresar a casa, y bajo una intensa e insoportable presión, componer música absolutamente genial. ¿Alguien da más?

En la foto: Prokofiev, Shostakovich y Khachaturian.

Pobre diablo

Debía tener yo unos siete u ocho años y dibujaba en aquella mesa rectangular, recia, de estilo castellano. Me costaba llegar al tablero de la mesa de comedor desde las enormes sillas de cuero, tan odiadas por mí por lo sólidas, pesadas y difíciles de manejar para una niña delgada, de aspecto frágil.

Sonaba la radio, como casi siempre. Mi hermana mayor, sentada en otra silla, hablaba con alguien que no identifico ahora.

Aunque soy un pobre diablo
casi siempre digo la verdad

Yo escuchaba la radio a la vez que mi curiosidad me inmiscuía en la conversación de mi hermana. Victor Manuel cantaba con esa voz ahogada, a punto de darle un ataque de asma, mientras por otro lado me llegaba la noticia de que la mejor amiga de mi hermana había perdido a su padre.

Dejo sangre en el papel
y todo lo que escribo al día siguiente rompería
si no fuera porque creo en ti.

La amiga de mi hermana, de unos diecisiete años, había entrado en su despacho y había encontrado a su padre muerto. Se había pegado un tiro en la cabeza y la sangre inundaba la mesa.

Sangre en el papel. Decía Victor Manuel. Sangre en los papeles de la mesa. Aún me parece ver la imagen de aquel hombre al que nunca conocí. Me alarmé y le pregunté a mi hermana, porque me preocupé considerablemente ante algo que me sonaba a terrible, inconmensurable. Con precaución, con esa actitud cuidadosa que tienen los mayores responsables ante los niños que preguntan cosas demasiado duras para comprender, me explicó el significado de la palabra suicidio. Y Victor Manuel seguía cantando.

Sangre en el papel. Esa canción se ha quedado asociada para siempre a ese momento. Durante años, cada vez que la oía por la radio me ponía daba un vuelco el corazón. Y veía la imagen del hombre ensangrentado sobre la mesa del despacho. "Pobre diablo", me decía, porque intuía el significado de dicha expresión. Y me quedaba escuchándola como hipnotizada, como si tuviese la canción un oscuro significado que a mí se me escapaba.

Hace años que no la escucho (muchos, muchos) y, sin embargo, la recuerdo estrofa por estrofa, al igual que la imagen que en aquellos instantes se fraguó en mi mente. Y para mí, ese hombre que nunca ví y del que lo desconozco todo, incluso la causa de su suicidio y las consecuencias posteriores, ha sido siempre el "pobre diablo". Un título que posiblemente no le corresponda, sí, pero así de arbitraria es la mente cuando decide hacer asociaciones.

Circunstancias

Circunstancias

Dicen que todo se lleva mejor con sentido del humor, pero es relativo. Hay momentos en los que no te sale una media sonrisa ni por mucho esfuerzo que hagas. Estás en tensión, y aunque intentas calmarte, pensar en positivo y no adelantar acontecimientos, las circunstancias te pueden. Creo que siempre digo por ahí que no somos máquinas o algo así.

Y es posible que no quede más remedio que aceptar así las cosas y esperar a que la sonrisa aparezca cuando pueda surgir libremente. La espera, otra vez ese Godot eterno.

Y mientras la sonrisa se digna a aparecer tras una maraña de nubes le voy a cambiar el nombre a la bitácora. Después, espero, porque siempre espero que la sonrisa vuelva, retornará a su nombre original.

Cambio de lenguaje

Hace ya tiempo que he decided changer mi lenguaje, que no es cool y se está quedando un tanto desfasado. Pensé en usar sólo la Y, por ser más masculina y tal, que me mola con rabito, pero lo deseché porque somebody me dijo que no se leía bien. También llegué a pensar en write only con q, por eso de hacerles la concurrence a los Kaístas (et parce que también es muy masculina por ese rabito tan gracioso ), pero tendría el mismo problem que avec la Y, que nievozmozhno lire bien.

Alors, tras mucho think about it, (por supuesto, ¿qué pensais?) he optado pour adopter un lenguaje mezhdunarodni, o sea (un pijotismo, por fin) hablar conforme a un ambiente multiculti y cool, international y tal. Así que I think meter anglicismos a punta pala, galicismos, rusismos, pijotismos, coolismos y todos los ismos que hagan falta para molar mogollón. Because ya que una es snob, hay que serlo avec toutes les consequences.

Encore estoy en un periodo perestroiko, pero this va a evolucionar, I'm uviérena. Además, entre mis planes está el nombrar a Bukowski cada tri palabras a Boris Vian chaque five y a Baudelaire cada ocho. Da, y todo je le fais en contre del imperialismo. Because tengo convicciones y that.

Olvido

Llega un momento en el que, de repente, te miras y te das cuenta de que te has convertido en olvido. Ya eres un olvido más, un recuerdo almacenado en algún desván, o quizá un objeto, que si antes tenía cierto brillo por la novedad, ya se pasó de moda.

Y hay que acostumbrarse a ser olvido, aunque es algo a lo que nunca nos querríamos acostumbrar. Nosotros también olvidamos. Todos lo hacemos. Quizá como forma de salir adelante o quizá porque no somos perfectos, ni cumplimos a rajatabla toda un serie de promesas, de grandes promesas que hacemos en ese segundo mágico en que que creemos que tendremos la capacidad de cumplirlas. A veces nos toca ser olvido, y a veces olvidar.

En el desván se van acumulando olvidos, como pequeños juguetes gastados e incompletos. Rara vez subo al desván a mirar esos objetos porque hay que apartar las telarañas. Y sé que estoy en algunos desvanes, también con telarañas y ese olor a humedad envejecida.

Olvido, palabra triste. O quizá no sea la palabra lo triste, sino el hecho de que nos gustaría continuar siendo alguien, cuando no somos ya más que objetos difusos desperdigados sin orden alguno en desvanes diversos.

Deberes

Tenía que haber estudiado todo el fin de semana, pero no pude. Vino un amigo a vernos y lo llevamos a Holanda y de paseo por por las ciudades más monas de por aquí. Me agoté, claro, porque últimamente estoy que me arrastro. Son tres meses ya sin levantar cabeza en lo físico, demasiado para mí, que estoy acostumbrada a corretear por ahí. Y ayer, mirando los apuntes de los dos exámenes que tenía para hoy, hice crack. Sí, porque sentí que no podía con ellos, que mi estado de cansancio, de malestar y falta de concentración no me permitía hacer un papel mínimamente decente, y para eso mejor quedarme en casa.

Y leí las preguntas de junio del año pasado de uno de los exámenes de hoy: "Problemas científicos y técnicos" y entonces sí que me pregunté qué hacía yo estudiando semejantes chorradas cuando no me sirven para nada ni necesito en realidad otro título universitario. Ejemplos de preguntas:

El crater "Meteor Crater", en Arizona, fue formado hace ............años a causa del impacto de un meteorito de un diámetro de ....... metros. Este crater tiene un diámetro de .........km y una profundidad de ..........metros.

¿En qué cantidad se estima el consumo doméstico de agua en Walonia en 1996? (litro/habitante/día)

O sea (digo lo de "o sea" porque soy de Madriz) que hay que aprenderse una cifras tontorronas, pero no interesa que te aprendas las causas de los fenómenos ni que aprendas lo que es la ciencia en sí. Más o menos es como jugar al Trivial. Y vi un desperdicio de tiempo, de energías y de recursos. Esas energías que me faltan, precisamente.

Aún así, aún sabiendo que no me estoy perdiendo nada y que si no puedo con mi alma es bien difícil que pueda aprenderme todas esas chorradas que tienen como única finalidad la adquisición de un título que no garantiza, ni mucho menos (visto lo visto), unos conocimientos, me siento mal. Sí, siento que no estoy cumpliendo con mis deberes. Y es una sensación extraña, porque me parece haber regresado al colegio, a los maestros que recriminan, cuando hace ya un montón de tiempo que soy adulta y tomo mis decisiones por mi misma, o eso creo.

No podré cumplir con esos deberes. Y me pesa.

Detergente para principios

Detergente para principios

No sé quién estaba el otro día hablando por ahí de valores y principios y lo que mola tenerlos y heredarlos. A uno se le llena la boca de orgullo racial en cuanto pronuncia estas palabras mágicas. Yo también quiero unos, que no estén muy mal de precio y no encojan al primer lavado. Porque eso es lo que tienen los principios, que son muy blanquitos y se ensucian enseguida. Y al lavarlos encojen un montón, y se vuelven a ensuciar además al primer revolcón por el barro.

Y bueno, que encojan se puede soportar si uno no se pone a engordar mucho, pero hay algunas manchas que resisten, las jodidas. Y los detergentes convencionales, nada, que no hacen milagros. Y siguen las manchas ahí, y uno tiene que intentar cambiar de principios o heredar otros, que mola eso de que le salgan antepasados a uno con principios antiguos y tal. Lo malo es que cuestan un montón, y lo peor es saber llevarlos, porque para llevar unos principios relucientes uno tiene que estar muy convencido de que son lo mejor que hay, claro, y desechar los antiguos. Es como la moda.

Ando buscando un detergente para principios que quite las manchas y respete las fibras, y ya puestos, que no sea nocivo para el medio ambiente. Es por eso de ahorrar y tal. Que no estamos para dispendios de andar cambiando de modelito de principios cada dos por tres. Si no hay detergente adecuado no me compro los principios, por eso de que para llevarlos sucios mejor ir a pelo, que es más ecológico y natural.

Viviendo en arte

Todo es arte, sí. Estoy convencida de ello. Y mi vida es una obra de arte, eso por supuesto. Porque todas las vidas son obras de arte. Así que cualquier cosa que haga es arte y no me lo discutáis, por favor, que todos somos unos artistas.

Por ejemplo, esta mañana estaba vomitando, y mientras casi se me salía el estómago por la boca pensaba que estaba haciendo una obra de arte y que era una lástima no tener una cámara de vídeo digital para inmortalizar el momento y que todos lo pudieran compartir. Porque fue un momento único, de una transcendencia sublime, que evidenciaba la desesperación humana y el sufrimiento del ser ante su destino cruel e incierto.

Y si añadimos al sufrimiento del exceso de ácido clorhídrico el sufrimiento de artista incomprendida tenemos una tragedia. Y si además añadimos la impotencia que se siente al no poder expresar delante de un público, deseoso de ver y sentir el arte, el momento transcendental del vómito por falta de medios técnicos ya tenemos una agonía, lo cual es aún más artístico, claro.

Se perdió para el futuro de la humanidad un momento único. Es un daño irreparable que las futuras generaciones lamentarán. Qué dura es la vida del artista.

Periféricos del Evento

Estos días he tenido la oportunidad de asistir desde mi sofá a un espectáculo interesante. Y no, no me refiero al Evento en si, sino a lo que rodeaba el evento. El peloteo contínuo y absoluto de la prensa al poder, de la prensa a la prensa y de la prensa a si misma. O sea, el autobombo de la prensa con eso de que la futura reina es periodista.

Ya estaba acostumbrada a que la prensa se autoalabase todo el rato, pero en esta ocasión han llegado a los extremos. Además, teniendo en cuenta las muestras de heroísmo que han hecho mojándose para sacar la foto, ya se han instaurado como héroes de leyenda en plan Roland y el Cid. Claro que no se lo vamos a discutir. Si son ellos quienes tienen la palabra.

Y es que el mundo necesita héroes. Y los periodistas van siempre detrás de la verdad, claro, porque no sirven a los intereses de sus medios, que son, por otra parte, absolutamente desinteresados y no tienen intereses econónimos ni de poder. No hay más que leer cualquier medio, del signo que sea, para saber que son absolutamente neutrales.

El caso es que tanto peloteo a la profesión de periodista, tanta alabanza, y tanto lamerle las botas al poder, sea el que sea, sólo tiene parangón en el mundo de las bitácoras. ¿Seremos todos periodistas? Vamos con un poco de demagogia mañanera, que mola. Y diré, con tono afectado (incluso más que la abuela Menchu) por eso de solidarizarme con la prensa, tan incomprendida, y con esa maravilla de profesión de raza y eso, como muy étnica: TODOS SOMOS PERIODISTAS

Gritos

Gritos. Se ¿habla? a gritos. Una costumbre muy española.

Hace ya un par de semanas que veo un programa de tv que se llama "Padres en apuros" o algo así y vengo constatando que existe la costumbre de gritarse, no la de decir las cosas. Y luego vienen las quejas de que los niños hablan a gritos, pero es que los padres ya hablan así y los pequeñajos aprenden por imitación.

El otro día lo notaba en un supermercado, no con españoles, precisamente, aunque para el caso es lo mismo, porque no hablo de una nacionalidad en concreto, sino de una actitud que en España se da mucho, aunque también en otros lugares. La madre hablaba a gritos y el niño respondía a grito pelado, quizás porque es eso lo que ha aprendido, forma parte del código de comunicación.

No sé si se deberá al hecho de que en muchas ciudades españolas los padres -para hacerse oir a través del ruido de los martillos neumáticos, al televisión a todos trapo, los CD de los coches con los graves dando golpes, los coches, las máquinas de café de los bares, la charla incesante a gritos de otros por la calle y los camiones de la basura- se acostumbran a gritar como descosidos en mitad de la calle. Puede que sea, también, que el nivel de decibelios tan exagerado que soportan los oidos sea tan alto que acaba por ensordecer, y uno, al no oirse grita más. El caso es que se nota la diferencia en cuanto el oido se hace al silencio o al ruido ligero. Tanto grito de mayores y pequeños resulta bastante insoportable.

Me pregunto qué pasará si el nivel de ruido sigue aumentando. Porque el ruido aturde, desconcentra, molesta mucho, consigue poner nervioso al más tranquilo. Creo que un niño que desde bebé soporta una gran cantidad de ruido se incorporará al caos del ruido de una forma poco reflexiva y con falta de concentración al tener que estar pendiente a la vez de tanto estímulo exterior que no sabe de dónde viene.

Y a mí me gusta oir el silencio. Ese silencio que no existe, porque siempre hay pequeños ruidos, viento, lluvia, pájaros, árboles, el vecino que cierra la ventan, un coche que se aproxima, niños que juegan, gente que se encuentra y se saluda, risas. La naturaleza es así, con ruido, pero no excesivo. El silencio casi auténtico lo oí en un país centroeuropeo donde los perros no ladraban y los niños no lloraban, aunque a mí tampoco me gusta ese "silencio". Creo que el silencio excesivo es tan antinatural y perjudicial como tanto grito sin venir a cuento.

Me temo, de todas formas, que los gritos van en progresión geométrica. Mientras más griten unos más gritarán los otros para hacerse oir en la sinfonía improvisada dodecafónica que se montan a diario. Al final, conseguirá hacerse oir, y sus palabras serán tomadas como profecías,( porque no se oirán otras, claro), el más sordo que tenga los pulmones más potentes. La selección natural va por ahí.

Milagros onomásticos

Ayer estuve cometiendo fallos gravísimos que me impedirán entrar en la senda de los elegidos. Resulta que, en vez de leer a Joyce, que es lo que tenía que estar haciendo por eso de culturizarme, estuve viendo el programa "Gente" tumbada en el sofá, mientras me bebía un yogur líquido buenísimo al que me he aficcionado ultimamente. Y no debería desvelar este pecado, esta debilidad frente a los cotilleos, porque no queda bien ser tan terrenal en este mundo en el que todos son tan transcendentales, espirituales y etéreos, como elfos que no mean, sino que miccionan por evaporación de líquidos cuando se ponen al sol. Una suerte ser un elfo de esos, sobre todo por lo que se ahorran en papel higiénico.

Y en el programa, aparte de cotilleos varios más o menos aburridos, (ya no hay escándalos tan molones como los de antes) hubo una noticia que me llamó la atención. Una pareja anónima salía diciendo que le había puesto a su hija Letizia. Sí, con zeta también. Y se lo habían puesto en honor a la Leti, claro. El caso es que la elección del nombre, teniendo en cuenta la influencia de los medios, el glamour etc. no me asombra porque hay como una especie de furia en Letiziar a las niñas recién nacidas. Lo que me dejó KO fue el razonamiento de los padres de la criatura Letiziada en cuestión. Dijeron que le habían puesto ese nombre porque no era un nombre cualquiera, sino que pertenecía a la realeza, a una princesa. Y añadieron que esperaban que su hija saliera culta e inteligente, como Letizia, o sea, que el nombre tuviera propiedades mágicas o fuera milagroso. Incluso es posible que produzca mutaciones genéticas que lleven a la tan deseada inteligencia, porque la materia prima original no parece muy afortunada.

¿Se sabe ya si llamar a un niño Froilán ha dado resultados milagrosos en estos años? Habría que hacer un estudio, por si acaso.

Cyberinsultos

Acabo de entrar en Esponjiformes y había uno que andaba por ahí insultando. Vamos, lo normal en estos casos. Que hay que hacer algo para sacarle rendimiento a la tarifa plana. Y usaba los términos clásicos en el insulto, que son de un arcaico considerable teniendo en cuenta que se llevan siglos usando y ya están bastante manidos. El caso es que pienso ya desde hace tiempo que habría que innovar insultos que se adapten a las nuevas tecnologías, por eso de que somos internautas, frikis, modernos, blogers y tal.

Por ejemplo, para sacar esa mala leche que todos llevamos dentro, se puede decir "chúpasela a un byte" o "qué te folle un plugging". Más técnico quedaría un "métetela por el BIOS" o "sois unos firewall de mierda".

Hace ya tiempo que tengo en mente eso de adecuar los insultos a los nuevos tiempos, e incluso lo he propuesto alguna vez, pero nada, que la gente sigue aferrada a sus tradiciones ancestrales mentando a madres y familiares cuando, realmente, lo que duele de verdad es que te mienten al Disco Duro. Porque eso de "me cago en tu puto Disco Duro y la tarjeta gráfica" suena fuerte, joder. Es hasta traumático.

Fue en un área de descanso en la autopista que lleva de Lorient a Rennes, Bretaña. Paramos a comer algo, un sandwich y fruta.

A nuestro lado había aparcado un coche con una caravana. Volvían de vacaciones en la playa. Últimos días de agosto del 2002. Era un matrimonio mayor, muy entrado en años. Eran delgados y silenciosos y nos miraban con curiosidad porque, aparte de no parecer de la zona, teníamos una matrícula que era un enigma, difícil de identificar incluso para ciertos policías no muy enterados.

Nos sentamos en una de esas mesas de madera estilo merendero y comenzamos a comer, deprisa, riendo. Ellos nos observaban en silencio.

Se sentaron en un merendero al lado del nuestro y empezaron a sacar tarteras y cubiertos. Un hule, servilletas, platos, y empezaron a comer pausadamente sin quitarnos la vista de encima.
Tanta vigilancia me resultaba agobiante, así que les sonreí. Me sonrieron. Sonreímos todos en silencio. Y siguieron mirando. Entonces yo les miré a ellos, y observé su hule de los años sesenta, su