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Prestigios y evoluciones

Prestigios y evoluciones

Andaba asustada pensando que la música de la próxima boda real iba a ser la compuesta por Nacho cano, pero no. Eso (y digo "eso" porque escuché un trozo y me pareció pasteloso y pretencioso) es un regalo, pero en la ceremonia se escuchará música clásica religiosa (porque la iglesia no quiere que se escuchen las marchas nupciales de Wagner y Mendelson, que no son lo bastante pías). Así que se oirá un repertorio bastante adecuado, Tomás Luis de Victoria, Handel, Bach, Mozart, Haydn etc. Cuidan bien que la elección de la música no ponga a los melómanos en pie de guerra y declaren la III República, que son pocos pero bien fieros, que los he visto yo pelear a dentelladas en los foros por quíteme usted ese Schubert.

El caso es que ahora les ha dado a algunos por pasarse a la clásica o algo parecido, cuando en lo suyo tenían su terreno y lo hacían bien con características correspondientes. Pero claro, la clásica se supone que da "prestigio", eso que mola tanto.

Miguel Bosé decía el otro día que para su último disco se había inspirado en Beethoven y otros clásicos y eso le había hecho "evolucionar" hacia un tipo de música más elaborado y maduro. El caso es que escuché su single y era un bodrio soso y sin gracia alguna que parecía más bien una balada de Bustamante. Me pregunté si Beethoven de verdad lleva a eso. No sabía que tuviese unos efectos secundarios tan terribles. Creo que me abstendré de escucharlo una temporada por si acaso.

El caso es que en su medio Cano y Bosé no están mal. Miguel Bosé sacó hace años un LP, XXX, que a mí me gustaba bastante (aunque es lo único que me gusta de él), y algunas canciones de Mecano están bastante bien. Pero si se ponen en este plan divino y megatranscendental prefiero quedarme con las Azucar Moreno, que son lo que son y punto, pechugas y cuerpazos raciales, pero sin rollos pretenciosos.

Galina

"Budet voiná, budet voiná". "Habrá guerra, habrá guerra" Repetía maquinalmente aquel hombre mayor, que había luchado en la guerra ganada en el 45 y había sobrevivido al cerco de Leningrado. Galina, su hija, me decía que no le hiciera caso, que estaba mayor y ya se le iba la cabeza.

Sin embargo, mientras me acompañaba a su casa en el autobús, me había hablado del miedo, del miedo tremendo que sentía a salir en San Petersburgo más tarde de las seis. Terror cuando veía aproximarse a algunos hombres jóvenes. Y también me prevenía a mí que no abriese la puerta del hotel a ningún desconocido, que preguntase siempre antes, que en mi hotel habían asesinado a un hombre hacía poco. Ella también tenía sus miedos.

Había venido a buscarme al hotel. Yo la había llamado para comunicarle que traía una carta para ella de parte de un pianista que había estado hospedado en su casa hacía unos tres años, mientras estudiaba piano en S.P. Ella se puso muy contenta y enseguida me invitó a cenar a su casa. Era de la minoría turca, morena y afable. De una amabilidad antigua, incluso excesiva para lo que estamos acostumbrados. Inmediatamente pasé a ser su invitada, y eso conllevaba hacer lo posible por que yo me sintiese bien y tratarme a cuerpo de rey.

Yo ya iba mentalizada a no ponerme escrupulosa porque conocía unas cuantas casas rusas y no se distinguían precisamente por su limpieza, o por lo que nosotros, los del sur, entendemos por limpieza. Y me sorprendió encontrarme con una casa cuidadísima, encerada, limpia hasta los extremos. Galina se debía pasar el día sacando brillo, porque los productos de limpieza que tenían en aquella época por allí no eran muy efectivos, que se diga. Ni una sola cucaracha salió a saludarme, como suele ser la costumbre.

Galina resultó ser una cocinera excelente, que de cualquier cosa hacía un manjar. Yo sabía que estaba comiendo "Bushkie nozhki" (muslitos de Bush, el anterior presidente, que había enviado a Rusia, como ayuda humanitaria, excedentes de muslos de pollo congelados para paliar la difícil situación económica), pero aquello sabía a gloria. Fue allí también donde probé por primera vez el arenque crudo (excelente), al que luego me aficioné.

Y el veterano de la guerra del 40, que me preguntaba con una curiosidad casi de niño por mi país, tan lejano, y se acordaba del país de origen de sus antepasados, también tan lejano, comparándolo con el mío, seguía repitiendo su obsesión por la guerra ante el fastidio de su hija.

Me acompañó de nuevo al hotel, muertecita de miedo, porque era un poco tarde. Yo no había encontrado el momento para darle el sobre, y allí, dentro de mi habitación, después de haber sido ambas escrutadas por la "dezhurnaya", se lo entregué. Ella sabía lo que contenía, yo también. Dudó si aceptarlo o no, lo ví en sus ojos, pero debía hacerlo porque también contenía una carta del pianista, a quien ella había tomado mucho cariño. Lo tomó con precaución, con miedo de lo que yo pudiera pensar de ella. No lo abrió, no era necesario.

Entre la necesidad y la dignidad. Las dudas la corrían por dentro y se notaba su lucha interna. En el sobre había dinero, unos doscientos dólares, que para ella representaban casi una pequeña fortuna y la posibilidad de comer un poco mejor en aquellos tiempos de miseria y pobreza, pero le daba una tremenda vergüenza aceptarlos. Como si por eso perdiese su dignidad, como si perdiese lo que ella era. Bajó la mirada, se despidió de mí deprisa, con su afabilidad antigua y se fue.

Sé que llegó bien porque la llamé. Lo que no quiero ni imaginar es el calvario que pudo pasar durante el viaje de vuelta, entre las dudas, la vergüenza y el miedo.

Leo

Creo que la conocí en el tren "Estrella Roja", no antes, porque en la estación estaba demasiado preocupada en no perder la maleta y no mirar demasiado a las niñas prostitutas, visión un tanto dura, desoladora y desconcertante. El primer recuerdo que tengo de ella fue en el vagón de madera, en el compartimento que me tocó compartir con otra señora, una argentina enorme, no sólo en su cuerpo sino también en su simpatía.

Leo me sometió a un interrogatorio de inmediato. Miraba muy fijo, de una forma siniestra y torva. Daban miedo sus grandes ojos oscuros, su pelo corto, tan repeinado, y ese extraño abrigo verde de paño que llevaba en pleno verano y le quedaba grande, ancho de hombros. Me preguntó sobre mi familia, sobre qué hacía yo viajando de Moscú a San Petersburgo y dejó caer su rabia sobre lo que pensaba de mi país. Al final, la otra argentina la echó porque quería dormir.

Y comenzaron los días de guías (correo clandestino entre los guías, otra historia para contar), palacios, malaquita, marfil, ámbar, ostentación, oros, joyas, pinturas impresionistas y cucarachas correteando por el baño del hotel. Y Leo siempre intentando imponerse, protestando, exigiendo, dando órdenes, entrometiéndose en asuntos que no eran de ella. Insoportable, embutida siempre en aquel abrigo verde que no se debía quitar ni para dormir.

Y llegó el día de la vuelta a Moscú. Faltaban unas horas para coger el tren y yo pensaba dedicar la mañana a hacer algunas compras en una de esas tiendas de dependientas antipáticas como bull-dogs, herencia soviética. Llamaron a la puerta de mi habitación. Era Leo. Venía un tanto encolerizada.

La razón de su cólera, según me explicó mientras me escrutaba con sus ojos torvos, era que la guía se negaba a llevarla a un palacio que faltaba por ver y que se encontraba a las afueras de San Petersburgo. Se había aprendido de memoria la guía y no quería perderse una sola moldura histórica. Me propuso a mí que la acompañara (previo pago), porque tenía miedo de coger un taxi sin saber el idioma. Yo le dije que no. Ella insitió. Le dije que podíamos perder el tren porque los taxis no funcionaban allí de una forma regular y fiable. Volvió a insistir en que ella no se iba de San Petersburgo sin ver ese palacio y me exigió que la llevara. De nuevo me negué. Entonces empezó a gritarme desaforadamente toda una serie de incoherencias, entre otras, mi terrible falta de interés por la cultura y toda una serie de lindezas. La acompañé hasta la puerta. Se fue dando un portazo.

Unas horas después, cuando me disponía a sacar la maleta para ir a la estación, escuché un alboroto de gritos en el pasillo. Abrí la puerta de la habitación y curioseé a ver qué pasaba. Leo estaba en el mostrador de la "dezhurnaya" (empleada de guardia que se dedica la vigilancia de planta en los hoteles y residencias) y ambas gritaban como posesas ante unos cuantos testigos incapaces de intervenir. Una en español y la otra en ruso, con lo que no había comunicación posible. Salí. Leo me vió y por primera vez vi una mirada suplicante en sus ojos. Casualmente iba dirigida a mí. Pregunté qué pasaba y al ver que alguien podía facilitar la comunicación ambas se avinieron a hablar.

Resultó que Leo había arrancado un cuadrito muy mono que había en su habitación, enmarcado con primor, y se lo quería llevar como recuerdo porque pensaba que era una oferta del hotel a los clientes. Resultó que la "dezhurnaya" la había pillado in-fraganti. Resultó que el cuadro en cuestión, era el plan de evacuación del hotel en caso de incendio, lo cual es muy decorativo y tal y seguro que hace mejor servicio fuera del hotel, claro.

Así que me tocó convencer a la "dezhurnaya" de que Leo no sabía lo que era el cuadro y que no había actuado con mala fe, sino ingenuamente, y que la dejara irse, sin el cuadro, claro. Mientras, Leo insistía en que "¿qué más les daba que se llevara ese cuadrito como recuerdo?", pero yo traducía lo que más convenía (o sea que no traducía), no lo que ella decía, claro. Al final, la "dezhurnaya" hizo como que se creía lo que yo decía, y sin mediar soborno (lo cual es todo un ejercicio de buena voluntad) la dejó marchar.

En el tren Leo hizo crack. Yo no estaba presente porque ocurrió en otro compartimento, pero me contaron que comenzó a llorar desconsoladamente y contó su historia. Había tenido un hijo, homosexual, y ella, al descubrir aquello, se negó a aceptarlo y lo echó de su lado para siempre. Hacía un año que su hijo había muerto de SIDA. Desde entonces, llevaba siempre puesto aquel abrigo de paño verde que había pertenecido a su hijo.

Vodka, canciones, zakuski, más vodka, más canciones, y se pusieron todos a llorar y a contarse su penas en un estado de borrachera colectiva sentimental. Volodia tenía pasaporte holandés, comprado por mil dólares en el mercado negro, y pronto se iría. Y a pesar de la alegría de emigrar, se sentía muy triste por sus problemas con las mujeres en general, pero en especial con una que lo había abandonado. Y empezó a hipar y llorar desesperadamente después de las canciones. Más vodka.

Al final lo sacaron a la calle para que le diera el aire, pero Volodia no paraba de gritar, despertando a los vecinos, por otra parte, acostumbrados a borracheras varias.

Lo recuerdo como alma rusa, muy rusa. Al día siguiente, después de la catarsis, caminaba deprisa, sin mirar a los lados e indiferente, por las calles de Moscú.

Matemáticas

Ya me gustaría que todo fueran matemáticas y sacar el resultado exacto de la fórmula, pero nada, que no son matemáticas. Hay algo que no acabo de comprender, o mejor, no comprendo en absoluto, o es posible que comprenda pero no quiero comprender porque no me gusta lo que veo. Sí, quizás sea esto último.

Realmente, no me importaría si no fuese por mi implicación personal. De natural, soy escurridiza y no me implico con facilidad. Suelo escaparme por agujeros de las redes cuando intentan pescarme, y siempre hay agujeros, claro, porque los que tienden las redes suelen ser chapucerillos, como el resto de la humanidad, que se sustenta a base de chapuzas bien presentadas, pero con rendijas. Afortunadamente.

Y esta vez me impliqué. Nada importante, claro. Pero doloroso, sí, un poco, al menos para unas horitas hasta que se me pase. Porque suele pasar rápido. Es el susto de ver una doble cara donde sólo había una. Como una aparición carnavalesca, como el Coco que asusta a los niños. Lo que no sé es cómo pensé que sólo había una cara. Últimamente ando poco fina en estas cosas. Normalmente suele haber unas cinco caras de media más una para los domingos y fiestas de guardar. Y claro que habrá razones para una doble cara. De hecho, siempre las hay, pero esta vez yo sólo atiendo a mis razones, que son mías, claro (razón principal por las que las atiendo, como todo hijo de vecino), y si no las atiendo yo se quedan huérfanas.

En fin, que no me entero, así que plantearé una fórmula matemática sencilla, de 2+2=4, y daré como válido el resultado aunque el enunciado esté mal planteado y no sea ese en realidad, por lo cual no es válida la respuesta. Seré injusta, claro, pero me quedaré más tranquila. También me toca a mí de vez en cuando ser injusta. Quiero mi ración de injusticia.

Palabras prostituídas

Ética: Es una puta de lujo, de aspecto limpio y aséptico, de las que llevan certificado sanitario en el que se asegura que no hay presencia de ladillas. Queda bien salir con la ética en la boca para presumir de ella, sobre todo si se le dice a otro que carece de ética. Llevar una ética a su lado es sinónimo de éxito.

Respeto: Esta es puta de menor rango y es usada de una forma mucho más habitual. Se respeta, por lo menos, una vez por semana y en fiestas de guardar.

Sensibilidad:

Conspiraciones

Conspiraciones

Hace ya un tiempo estuve viendo un debate en el canal franco-alemán ARTE en el que hablaban de la prensa de hoy en día y de la información que aparece en internet.

Me llamó la atención que hablaran de un fenómeno, parecido a la paranoia, que ocurre mucho ahora, y es el temor a una "conspiración mundial del poder y la prensa". Hay mucha gente que no cree lo que lee en la prensa, y sin embargo, cree en ciertas informaciones que lee por internet y que, la mayoría de las veces, no tiene fuente, o al menos, una fuente mínimamente fiable.

Es el miedo a que la prensa manipule, engañe, el miedo al caos, a estar manipulado por "la mano invisible" de la que hablaba Adam Smith. A ser una crédula marioneta de un poder absoluto implacable y perfecto en su perfidia. Tan perfecto que es imposible enterarse de las maldades que cometen si no se chiva el primo del cuñado de uno que luego lo cuenta por internet y que nadie sabe quién coño es y de dónde ha salido... Como si el poder no fuera chapucero y no tuviera rendijas.

Y se inventan y se creen conspiraciones un tanto inverosímiles, cuando, si se mira en la prensa uno se da cuenta de que ese "poder" es de un chapuzas que tira para atrás y sería incapaz del "crimen perfecto". Porque la chapuza impresentable de USA en Irak da mucho que pensar sobre las capacidades reales de conspiración que pueda tener esa maquinaria de poder tan perfecta.

Y la prensa (me refiero a los medios considerados como tales y que responden a un nombre o a una S.A. identificable) es precisamente quien da cuenta de las atrocidades, de los escándalos, de los fallos, que afortunadamente, no son censurados, como lo serían si el poder tuviese tanto poder. Claro que lo hace por interés (principalmente económico), y según qué prensa leas puedes ver una misma información interpretada de distinta forma, o distintas informaciones manipuladas, pero, más o menos, sabes o intuyes quién hay detrás, porque hay un nombre y un C.I.F. Y en función de quién haya detrás puedes saber sus intereses, y si la información que ofrecen te resulta creíble o no, o medio creíble. Y para eso es imprescindible sentido crítico, pero, sobre todo, algo de sentido común. ¿Es pedir mucho?

Y me parece un tema preocupante porque últimamente se está poniendo de moda negar el holocausto nazi. Dicen que nunca existió, que fue un invento, una conspiración del capital judío. Y es que eso de las conspiraciones mola mucho, así como no ser tan tonto de creerte lo que te diga una fuente identificable. Mejor te crees lo que te diga el cuñado de la prima del frutero de abajo por internés, que tiene información confidencial de quinta mano.

Voy a ver si me invento algún bulo para conspirar un rato. Que mola.

Traumas

Ayer y antes de ayer dieron unos programas en la televisión para prepararnos al Horrorvisión de este año. Estos dirigentes televisivos saben que un producto así tienen que prepararlo con antelación, por eso de entusiasmar, que les tomemos cariño a los cantantes y sus familias, que nos acostumbremos a la canción de marras y crear expectativa y tensión final.

Y cómo no, volvieron a dar el repaso del "La la la la la", y de muchas canciones de otras épocas que pasaron a la historia entre glorias. Y la verdad es que eran bastante insoportables y como tontorronas. Los cantantes, además, daban casi penita, con esas pintas repeinaditas, artificiales, y sus carillas de pánfilos. Las coreografías eran para darles dos hostias y espabilarlos. Y por último, las canciones tenían unas melodías ramplonas, repetitivas

Grandes sentimientos

Siempre he sido persona de grandes sentimientos. Lo siento todo mucho y lo siento y no lo dejo de sentir. Vamos, que a sensibilidad no hay quien me gane. Porque lo siento. Que quede claro que lo siento. ¿Os habéis enterado? Lo repito: lo siento. Que soy muy sensible, leche. (cagonlaputa)

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Esto último es una oración tibetana por los sufrimientos mundiales y los problemas de disfunción eréctil de las arañas rojas de Madagascar.

Y bueno, que ya he demostrado mi sensibilidad extraordinaria. Es que soy de un sufrimiento suprarenalinterdisciplinar. Hecha para sufrir, vamos. Ahora voy a lamentarme un poco y luego me dedicaré a joder a los vecinos (les pienso poner a todo volumen las rancheras de Vicente Fernández en versión bacalao), para que protesten y tener más motivos para sufrir. A sensible y sufridora no hay quién me gane. Si es que hasta para eso hay que valer.

Balando en do mayor

Anoche soñé que me convertía en una oveja. Pero no era una oveja negra, ni nada de eso, que hubiera sido un consuelo (porque ser oveja negra mola más que ser cabrón), era una oveja a mechas, así, como moderna y tal.

Me gustó sentirme oveja y balar por los prados repletos de tulipanes con tacones de aguja especiales para ovejas. Que una es oveja, pero no se tiene por qué privar de ciertas cosas de las que ninguna oveja, negra, blanca o rosada se priva así por sistema.

Y estuve balando tópicos, muy manidos, muy afinados y cantados de estos que te sabes de memoria, que eran respondidos al unísono, en una bucólica y maravillosa polifonía de ovejas modernas orgullosas de serlo y de saberse tan bien la canción. Aunque claro, no está bien visto eso de decir que a uno le gusta ser oveja, porque uno tiene que arrepentirse de la condición de oveja, indignarse (eso es fundamental), y decir eso de "me avergüenzo de ser oveja". Por eso nadie lo dice, pero en el fondo eso de ser oveja gusta porque las lanas abrigan y los coros quedan muy molones.

El caso es que fue un sueño muy feliz, porque además tenía cuatro patas, lo cual es mucho más cómodo para triscar que conformarse con dos, además se pueden llevar cuatro tacones de aguja y combinarlos entre las patas delanteras y traseras. Me gustó mucho ser oveja, aunque no debería decirlo, claro, debería avergonzarme y eso porque no queda cool.

Así que me voy a hacer un rato la indignada.

Agradecida

Estoy de ver cristos crucificados... Vamos, que acabé hartita de ver pinturas de martirios cristianos sado-maso y relicarios de santos descuartizados al más puro estilo Jack el destripador con la excusa de la beatería. En fin, que acabé cansada de tanto martirio, pero menos mal que luego me fui a ver a los renacentistas, que sí que sabían, sí.

Y les estoy agradecidisima de que fueran tan mariquitas y se pasaran el día esculpiendo atributos masculinos y cuerpos sensuales. Sí, porque el hecho de que fueran mariquitas y se pasan el día esculpiendo colitas por aquí y por allá, alegró mis cansados días de andar, subir a la cúpula de 463 escalones, y despues ver sólo cruces, santos flipados, martirios y despojos.

Una gozada después, eso de ver colitas por todos lados. Mirase donde mirase siempre había una colita esperándome, por fortuna. Y eran colitas, vale, pero algo es algo. Bien que me alegraron los días. Salía yo contenta y todo.

Qué bien que fueran tan mariquitas estos escultores renacentistas, qué bien.

Hordas

Hordas de gente siguiendo la banderita de un guía que les enseñaba lo que hay que ver porque hay que verlo. Y pagan por verlo, por la cultura y eso. La foto, el souvenir más rimbombante y el hecho de haber estado allí y, sobre todo, poder contarlo. Porque si no lo puedes contar no tiene sentido. Es como si no hubieses estado, y esa capa de cultura y refinamiento (que se le pega a uno por el solo hecho de estar ahí y demostrarlo con una foto y un recuerdo de esos tan molón) parece que resbala y todo.

Se establece un equilibrio entre hordas ansiosas, demandantes de recuerdos mientras más recargados y de manufactura más tosca mejor (no diré "horteras" porque entre tanto rococó antiguo que se considera bello no sé ya exactamente qué es eso y ando confundida), y vendedores solícitos dispuestos a venderte hasta los calzoncillos que llevan puestos (si es que llevan y no los han vendido ya, que siempre me queda la duda). Todos se quedan contentos y también los inmigrantes ilegales, que consiguen endosar su mercancía, tirada en la calle, la misma que llevan todos, a base de ofertas a personas indecisas que tienen que llevar innumerables recuerditos de los eventos culturales para contentar a las familias, también ansiosas de cultura y sabiduría.

Y eso es lo bueno de la cultura. Que los inmigrantes ilegales coman.

Repitiendo el estribillo

Los estribillos aseguran, tranquilizan, adormecen. Son como nanas. Uno se repite el estrillo mil veces y se calma, creyendo encontrar en un tópico o una rutina una de esas verdades universales tan buscadas y tan encontradas en cualquier parte. Porque en todas partes se encuentran todas las verdades universales que uno se quiera inventar. Son innumerables, para todos los gustos y todos los usos, como los trapos de cocina. Las coges, las adaptas, les das ese toque personal e intransferible, les pones el tapete de ganchillo o la camiseta freak y ya tienes una verdad universal lista para usar a tu conveniencia.

Y ya sólo queda repetirla hasta la saciedad para creértela. Y te la crees, claro, porque para eso sirve una verdad existencial universal. Para creer en algo. Porque si no crees en nada parece como si no existieras. Incluso creer que no crees en nada ya es creer en algo, lo cual puede ser una verdad universal, tan buscada. El nihilismo da mucho juego y queda guays como estética, muy sexy y tal.

Y se repite el estribillo una y otra vez. Ese estribillo asegurador. No hay que escuchar otras canciones, no hay que escuchar lo que te dicen si no es exactamente lo que quieres oir. Ponte los cascos y repite una y otra vez el estribillo. Esa verdad.

Repítelo otra vez, que aún no te ha quedado claro.

Y otra.

Imágenes

A veces encuentro blogs en los que los creadores, propietarios, jefes, usuarios o como se diga, muestran fotos suyas de una forma repetida, maquinal, hasta la saciedad. Repiten sus fotos una y otra vez quizás intentando encontrar ahí, en esa foto deformada por el escáner y el tratamiendo de photoshop una respuesta a algo.

Sí, creo que es eso, como un espejo, pero un espejo buscado a propósito, no el espejo natural en el que te encuentras de improviso, sin buscarlo, y con sorpresa, descubres tu rostro con miradas y gestos que desconoces. Es un espejo manipulado que muestra determinadas posturas, quizás las que se buscan. Posturas que también son reales, pero que tienen algo de recreación, de pose, de búsqueda de esa postura en concreto, como si diese una seguridad, como si ayudase a comprender algo. Y son posturas hieráticas, rígidas, de búsqueda de una perfección. Como si la imagen propia, esa imagen perfecta en determinados cánones estéticos, fuese un amuleto y les salvase.

El caso es que esas imágenes se me antojan como un vacío. Las contemplo y las noto rígidas, sin vida. Una imagen, varias, dicen mucho, aunque estén buscadas, tratadas y reformadas. Una invasión de imágenes repetitivas de una misma persona que se autocontempla, sin embargo, se me representa como vacío. Es entonces cuando echo de menos las palabras. Pero ellos no tienen ya palabras. Se quedaron contemplando su propia imagen, repitiendo el estribillo.

Repitiendo el estribillo.

Ser de

A mí también me gustaría ser de algo. Tener una palabra mágica de esas que todo lo solucionan. Eso de decir "soy de tal o cual ideología, de tal o cual religión" y exhibir orgullosa toda una serie de virtudes que van inherentes. Porque está claro que si eres de, eres ya por ello tolerante, abierta, inteligente, sensible, concienciada, honesta, altruista y responsable. Y si eres de, ya eres patriota, honrada, entregada, leal, digna, íntegra y con principios. Si eres de, puedes considerarte ya por ello bondadosa, virtuosa, sensible, amable, humilde, casta y caritativa. Mientras que si eres de puedes considerarte merecedora del paraíso a causa de todas estas virtudes y otras muchas acumuladas.

Mola ser de por el lote que lleva implícito. Da igual que luego, en la realidad, todas esas virtudes no se cumplan, pero eso son efectos colaterales de mínima importancia. Eres de. Perteneces a. La línea recta, cual autopista francesa, ya está construída, y no tienes más que montarte en tu cuerpo y pisar el acelerador sin mirar atrás ni a los lados, no vaya a ser que se te escape una cualidad por el camino y te des cuenta. Porque el hecho de que las virtudes se escapen, en sí no es importante. Lo importante es no darse cuenta y creer que las llevas todas en la mochila, bien ataditas. Esa fe es la que cuenta.

Por ejemplo, si eres de y, consecuentemente, eres tolerante, aunque insultes a los que son de (contrarios, claro está), sigues siendo de, por lo que la tolerancia se supone y se acepta. Puedes insultar que seguirás siendo tolerante. ¡Faltaría más!

Y si eres de y, por supuesto, eres honrado, podrás robar dismuladamente lo que te venga bien, que seguirás siendo honrado porque eres de y no hay más que hablar.

Yo también quiero ser de y tener virtudes tan molonas. Mola. Lo que no mola es ser, así a secas. Por ser no hay virtudes ni ventajas, ni te dan vales de descuentos en el supermercado de cualidades y valores.

Noche con Miss Sirena

Noche con Miss Sirena

Eran las doce cuando Miss Sirena se apareció en mis aposentos del harén. LLegó sinuosa dejando un reguero de agua en el parquet. Sus escamas plateadas brillaban a la luz de los candelabros. Me miró con unos inmensos ojos azules magnéticos. Estaba fascinante, claro, recién salidita del estanque con nenúfares en el que se da baños relajantes.

Me levanté y le dije: "Muñeca, que me lo has dejado todo perdido, voy a tener que ir a por una fregona, espera un momento". Pero ella tenía prisa porque había quedado después con uno de los guardias del harén.

"No hace falta", me dijo,"si contigo tengo para cinco minutos, como entrante, el plato principal viene luego, y después tengo segundo plato, postre y café".

La miré con cierta preocupación e intenté imponerme, claro: "Vamos a ver, muñeca, se supone que tú estás en mi harén y no puedes andar de correrías por ahí sin mi permiso"

Se rió e hizo un gracioso giro serpentino con su cola plateada de sirena. "Bueno, no es que corra mucho, la verdad, pero no hace falta, con esos guardias que has puesto en el estanque estoy bien servida"

Me empecé a dar cuenta de que había sido una idea equivocada haber puesto a dos fornidos mandingas para evitar que se escapase o entrasen rivales en mi harén. "Pero ya sabes, Sirena, que esos guardias no están ahí para tu disfrute personal, sino para vigilarte"

Miss Sirena soltó una carcajada. "Si ya me vigilan, no creas que me pienso escapar. No me da tiempo ni a pensar en una fuga. Cumplen perfectamente con su cometido".

Se echó la melena hacia atrás, hizo un quiebro marino con su larga cola de hermosas escamas plateadas y miró el reloj de arena. "Ya han pasado los cinco minutos", me dijo, "Mandinga II me espera para vigilarme". "Qué seas bien vigilada", respondí viendo ya que no podía hacer otra cosa que resignarme, porque no es plato de gusto que una sirena te deje plantada, pero tampoco era cuestión de dejarla sin vigilancia.

Se alejó zigzageando por el parquet y dejando un considerable reguero. Cuando llegó a la puerta se volvió, sonrió y antes de desaparecer en su halo plateado me dijo: "Ah, y ya de paso que limpias el parquet podías darle un poco de cera para protegerlo".

Y aquí estoy, dando cera. Los que cepillan son los mandingas. ¡Mondo cane!

Ruanda

Se cumplen diez años del segundo genocidio más grave del siglo XX. Ruanda. Un genocidio más entre tantos, pero este con unas cifras devastadoras, casi un millón de muertos en matanzas sistemáticas organizadas desde el gobierno.

Hay cosas que me resultan muy difíciles de asimilar, y es cómo una parte tan grande de la población se dispuso a ese baño de sangre matando a sus vecinos con machetes tan sólo por el hecho de que eran de una etnia diferente, o de su misma etnia pero casados con tutsis. Muchos de los asesinos fueron muchachos de catorce o quince años, que si bien, no tienen la responsabilidad de un adulto, sí conocen ya a esa edad la diferencia entre la vida y la muerte, entre matar y hacer daño, y no hacerlo.

La responsabilidad internacional, de la ONU, Francia, Bélgica, y la complicidad de algunos religiosos también está ahí, pero aunque los asesinos hayan sido "manipulados" por el poder para llevar a cabo esa masacre, también podían haberse negado. Recuerdo que en la segunda guerra mundial, en los asesinatos indiscriminados de judíos, había soldados alemanes que se negaban a disparar, mientras que otros se ofrecían voluntarios a asesinar, de una forma humillante, el mayor número posible. Y eso da un poco de miedo. El hecho de que haya tanta gente dispuesta a ajusticiar con alguna excusa que les suene bien.

Todas estas tragedias lejanas, se hablan en lenguas tan exóticas que parece que no son reales, porque siempre está de por medio la voz del intérprete, que aleja, pone una distancia emocional considerable. Pero cuando las escuchas en un idioma común, cuando te llegan las palabras directamente en francés, cuando la persona que habla te lo está contando y te llega de su voz, en directo, y lo entiendes, en directo, sin intérprete, no hay distancia que valga. Ahí las palabras toman todo su valor testimonial, el valor de un genocidio tan espantoso, que no aciertas del todo a imaginar, aunque lo vislumbras en sombras, sin atreverte a pensarlo mucho. Sí, las palabras transmiten mucho, por fortuna.

Y son tan parecidos a nosotros, expresan sus sentimientos de una forma tan similar, que te preguntas si esto no puede llegar a ocurrir aquí otra vez. Ya ocurrió por aquí arriba. Mis vecinos sobrevivieron en los años cuarenta a los nazis.

Exhibicionismo

Por ahí he leído que los blogs son muy exhibicionistas. Y sí, estoy de acuerdo, aunque no son menos exhibicionistas que otras formas de expresarse, por ejemplo: los foros, la forma de vestirse, la forma de no vestirse, exhibir la humildad y la discrección y exhibir que uno no es exhibicionista. Siempre que nos comunicamos exhibimos algo. Tan sólo el que se encierra en un armario y no habla con nadie, se niega a exhibirse. Aunque exhibe, precisamente que se niega a exhibirse, lo cual también es una exhibición.

Siempre se critica el exhibicionismo, porque en teoría, hay que ser muy discreto, humilde, entregado a los demás, sin ego etc. O sea, hay que ser justo lo que no somos. Porque el que es así de humilde, discreto etc. por imposición social, (que es por lo que se es humilde en exceso) muchas veces se siente mal de no poder expresarse

Criogenización

Estaba viendo un reportaje sobre ello. Conocía el proyecto un poco de pasada, pero el reportaje que han puesto hoy en ARTE era bastante completo. Me ha llamado la atención que sea una nueva religión, o así lo veo yo por las características de oferta de vida eterna y el hecho de que la gente que se adhiere a este proyecto ya no viven más que para él.

La gente que quiere ser criogenizada, o sea, congelada una vez muerta para poder ser resucitada años después, vive ya sólo para eso en esperanza de que la supuesta vida futura les dé unas oportunidades de ensueño. Mientras tanto, pagan sumas bastante elevadas para mantener a los familiares ya criogenizados, y se privan de disfrutar de la vida, que tanto les gusta, (por eso no se quieren morir) saliendo o yendo a restaurantes para poder hacer frente a los gastos.

Creen que dentro de veinte, treinta o incluso doscientos años, la ciencia habrá encontrado un método para resucitarlos, y alguien se ocupará de hacerlo. Para seguir siendo ellos mismos, guardan sus cabezas congeladas a -270 C. Se supone que el cerebro se despertará con toda la memoria y la experiencia y les darán un cuerpo nuevo, sano y joven, con el que salir a recorrer mundo.

Me llamó la atención el hecho de que, al creer de una forma tan ferviente en esta solución, los familiares de los criogenizados no hagan duelo ni lloren la muerte de sus seres queridos, porque para ellos siguen vivos, en suspensión temporal de vida, pero sólo temporal. Creen firmemente en el reencuentro, y es como si se fueran de viaje. Una viuda decía que cuando le preguntaban su estado civil respondía: "en suspensión"· Esta mujer incluso fotografió como cortaban la cabeza al cuerpo recién fallecido de su marido y la congelaban ipso-facto, y recordaba el proceso con admiración por la eficacia de los criogenizadores y alegría por el hecho de que lo estuvieran resucitando.

Otro caso curioso es el de un hombre que criogenizó a su madre sin que esta lo supiera de antemano. Ella era Testigo de Jehová, y ante una operación quirúrgica complicada se negó a que le hicieran transfusión de sangre aunque perdiera la vida en ello. Y se murió, claro. El hijo dijo: "son sus creencias y ella eligió eso, pero yo también hice mi elección, y la quiero viva". Y añadió "los Testigos de jehová no saben lo que hice, se creen que la incineré. Y ellos creen que serán 144.000 de ellos los que resucitarán, pero no saben que la única que resucitará será mi madre".

Me da la impresión de que creamos religiones con una facilidad pasmosa. No importa tanto el Dios, o los dioses varios (que son facilmente intercambiables), sino una esperanza de vida eterna, la esperanza de no morirse, de no desaparecer, de no volver a ser la nada.

Mentirijillas

Suelo aceptar bien que me mientan cuando sé que me mienten (que otras veces no me entero, claro). Indignarme me quita mucha energía, y además, sé que casi siempre lo hacen por miedo. Y poco se puede hacer contra el miedo, sobre todo desde fuera. El que lo sufre quizás pueda algún día enfrentarse, pero ante los miedos ajenos los demás somos convidados de piedra. Además, yo también he mentido por miedo ( y miento si es necesario, claro, ¿para qué voy a mentir en algo tan evidente?). Aprendí en la infancia, claro, como tantas otras cosas que me han servido para sobrevivir.

Que me tomen por tonta no me suele preocupar mucho tampoco. Eso tiene que ver con la necesidad ajena de suplir ciertas necesidades de autoafirmación, y bueno, ahí estoy yo de servicios a la comunidad. No tengo energías para enfadarme por algo que no depende de mí y que no puedo evitar. Yo también me paso a veces y creo que los otros son más tontos de lo que son. Y en realidad ¿quién sabe?

El caso es que, cuando me mienten, prefiero que lo hagan bien. También me gusta el arroz en su punto, los muebles bien acabados y las cremas de calidad. Una mentira bien hecha, bien elaborada, con personalidad, puede ser una obra de arte. Es de esas mentiras que se derriten en el paladar, de esas que hay que investigar para descubrir qué falla, de esas misteriosas que intentas descubrir con intriga. Mentiras geniales que pueden, incluso, dar un sentido a la vida además de entretener y divertir lo suyo.

Pero esas mentirijillas que descubres al instante, tan burdas las pobres, tan poco elaboradas, tan pretenciosas en su traje de papel intentando imitar a las mentiras imponentes, las que son geniales, me aturden. Y me aturden porque ya no sé si es falta de memoria del mentirosillo (lo cual es preocupante) o que yo tengo una memoria demasiado buena, lo cual me preocupa también, claro, porque olvidar me puede hacer mucho más feliz al no estar descubriendo continuamente estas cositas.

El caso es que hoy he pillado a alguien en un par de mentirijillas de esas pobrecitas, muertecitas de frío. A ese alguien le gustaría ser genial y si le descubro el invento le quitaré ese sueño. Y ando con dudas. ¿Cómo decirle sin traumatizarlo que recupere sus mentirijillas, las reboce un poco, las maquille, les haga unos cambios estéticos y me las devuelva otra vez a a ver si esta vez cuelan?